Partidazo… y batacazo

El papel de España en los Juegos de 1988

España llegó a 1988 con un equipo que había cambiado exactamente a la mitad de sus componentes desde la gloria alcanzada cuatro años antes en la anterior cita olímpica. Continuaban Llorente, Solozábal, Epi, Margall, Jiménez y Arcega y se habían quedado por el camino, por unos u otros motivos, nombres tan ilustres como Fernando Martín, Iturriaga o Corbalán. Además, una grave lesión impidió que Díaz-Miguel pudiese contar con Fernando Romay. No obstante, a priori los jóvenes que les habían ido sustituyendo tenían un prometedor futuro por delante y permitían soñar con mantenerse en la élite en los próximos años. Hombres como Villacampa, Montero, Ferran Martínez o Antonio Martín, más la incorporación de Biriukov pasados los trámites de su nacionalización, no parecían malos sustitutos para los clásicos de los años dorados.

Quizá en el banquillo fuera donde el relevo llegó unos cuantos años tarde. Tanto debíamos a una leyenda como Antonio Díaz-Miguel y tanto prestigio había adquirido que fue muy difícil darse cuenta de que el baloncesto estaba evolucionando más rápido que él, y los años de 1988 hasta el doloroso 1992 significaron un periodo bastante triste del equipo nacional.

Pero ya digo que el principio de aquel verano daba lugar al optimismo. España debía ganarse el lugar en los Juegos Olímpicos de Seúl en un dificilísimo preolímpico celebrado en Holanda, en el que participaban todos los equipos europeos con sólo tres plazas en juego. Dos de ellas parecían claramente adjudicadas a la Unión Soviética y Yugoslavia y la tercera estaba carísima, con Grecia, campeona europea un año antes, Italia y España como principales candidatas. España hizo un buen torneo pero la derrota por un punto ante Italia, antes de caer con soviéticos y yugoslavos, le hacía depender de otros resultados. Un buen partido contra Grecia, al igual que el año anterior, y la carambola de la victoria helena sobre Italia acabó por dar la clasificación al equipo español.

Una vez en Seúl, Díaz-Miguel tenía claro que el partido clave era el de Brasil y lo preparó a conciencia, aún con el recuerdo de la amarga derrota sufrida ante ellos dos años antes en Zaragoza. Pero antes de enfrentarse a los brasileños, España debía jugar contra Estados Unidos, que aún llevaba a las citas internacionales a una selección de sus mejores universitarios. El seleccionador, como hacía a veces, no puso mucho empeño en preparar este encuentro, consciente de que la importancia del siguiente, y hombres como Danny Manning, Dan Majerle, David Robinson, Stacey Augmon o Mitch Richmond nos pasaron por encima. Cuatro años después de no haber podido levantarme a ver la final de Los Angeles, esta vez sí que me desperté de madrugada con toda mi familia y con la ilusión de animar a España, aunque la paliza que nos dieron fue de antología. Aquí tenéis el partido, cortesía del canal AD San Federico Carabanchel:

Pasado el trámite, llegó el partido contra Brasil y todo salió perfecto. Fue un partido espectacular por ambas partes, con los cañoneros brasileños, sobre todo Oscar y Marcel de Souza, tan acertados como los españoles. Un festín de puntos por ambas partes, con Josep Maria Margall destacando por parte española.

Tras derrotar también a Egipto, Canadá y China, esperaba Australia en cuartos de final. España llegaba como favorita ante Australia, y el ambiente entre los aficionados era que las semifinales estaban al alcance de la mano… Pero quizá se subestimó a un equipo al que no se conocía demasiado, y entre el grandísimo anotador Andrew Gaze y el muy desconocido base Smyth, que con su alopecia incipiente no tenía pinta de gran jugador, nos mandaron para casa en un partido en el que fuimos siempre a remolque. Los españoles fallaron todo lo que habían metido contra Brasil, incluido el tiro final de Margall para intentar empatar, y allí se acabó una buena oportunidad para haber conseguido un buen puesto.Los dos partidos que quedaban para disputar el quinto puesto fueron el preludio de lo triste que iba a ser el siguiente ciclo olímpico. España perdió los dos encuentros, ante Canadá y Puerto Rico, acabando en una deprimente octava posición. Aquel equipo tan prometedor del que hablábamos al principio nunca llegó a consolidarse, y en los años siguientes deambuló por las pistas, con muchas bajas en los siguientes campeonatos producto de la falta de compromiso y con el único espejismo del bronce del 91. Una etapa oscura que contaré aquí pero que me trae pésimos recuerdos.

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