¿Otra vez ellos?

Nuevo triunfo de la Jugoplastika y cuarta ACB consecutiva del Barcelona

Como si se tratara de una patrulla romana cruzándose con Astérix y Obélix en un bosque de la Galia, en 1990 todo el barcelonismo empezaba a temblar cada vez que se acercaba un duelo contra el vigente campeón de Europa, la Jugoplastika de Split. El equipo yugoslavo seguía plagado de jóvenes con talento, pero la derrota de la temporada anterior y los acontecimientos que se sucedieron hasta la disputa de la Final Four de Zaragoza tornaron el exceso de confianza de un año atrás en exceso de miedo.

El equipo catalán tenía motivos para sentirse capaz de alzar por fin el título de mejor equipo del continente: su liguilla de cuartos de final había sido casi perfecta, clasificándose en primera posición para la gran cita del año. Además, el evento se disputaba muy cerca de Barcelona, lo que permitía un cómodo viaje para que miles de aficionados se presentaran en la capital aragonesa y reprodujesen allí el ambiente de las noches de Copa de Europa del Palau Blaugrana. ¿La pega? Que una de las dos derrotas sufridas por los culés en la liguilla se había producido contra los descarados chicos de Split, que mantenían el bloque del año anterior (Kukoc, Radja, Sobin, Stetenovic, Perasovic, Pavicevic, Ivanovic), al que habían sumado un pívot extraordinario como Zoran Savic, tan desconocido para el aficionado español medio como lo eran sus compañeros tan solo un año antes. El bisoño Tabak seguía adquiriendo experiencia desde el banquillo, donde dirigía con maestría Bozidar Maljkovic.

Por si quedaba alguna duda, los dos favoritos las disiparon derrotando con claridad a sus rivales en semifinales: los de Split, por 18 puntos de diferencia a un Limoges que había hecho una buena campaña apoyándose en un par de buenos jugadores americanos (Collins y Brooks) y en Dacoury y Ostrowski, los dos mejores jugadores franceses de la época; el Barça, por 21 al Aris de los semidioses griegos Gallis y Yannakis.

Dos días tuvieron ambos equipos para pensar en la final. Concretamente, el Barcelona había tenido toda la temporada, pues no se hablaba de otra cosa en la ciudad y las últimas derrotas contra el equipo amarillo no hacían sino sembrar las dudas. Pese a que los resultados decían que la Jugoplastika quizá era mejor que los azulgranas, es posible que el entorno cometiera el error de volver a menospreciarles: prácticamente se exigía que los de Aito conquistaran el título por el hecho de jugarse en casa y porque “ya tocaba”. El caso es que el campeón demostró de nuevo una tranquilidad asombrosa en jugadores tan jóvenes (jóvenes sí, pero campeones de Europa de clubes y, algunos de ellos, también de selecciones). No sólo exhibieron su calidad en ataque liderados por Kukoc, Radja, Ivanovic y Perasovic sino que maniataron a las estrellas rivales, entre las que ya no se encontraba Sibilio, apartado del equipo justo un año antes por problemas con García Reneses y que había fichado por el emergente Taugrés.

El segundo título consecutivo ya no podía considerarse una sorpresa y disparó la cotización de los jugadores y el entrenador yugoslavos. Algunos de ellos (Sobin, Radja, Ivanovic) abandonaron el equipo ese verano. El más codiciado de todos, Kukoc, aún tenía ganas de amargarle la fiesta al resto de Europa y se quedó un año más, como si adivinara que la tercera Copa de Europa quedaría perfecta en sus vitrinas con los tres anillos que iba a conseguir con los Bulls años después. Lo cierto es que la de la Jugoplastika fue una historia maravillosa de trabajo bien hecho con los jóvenes y de baloncesto bien jugado e innovador y sin un solo extranjero, quedando para siempre entre los mejores equipos de la historia del continente.

El Barcelona tuvo que recuperarse a marchas forzadas de la decepción de Zaragoza para encarar unos playoffs de la Liga ACB que empezaban apenas quince días después. En España su temporada no había sido tan arrolladora desde el principio como en Europa, quizá consciente de que la primera fase de la competición nacional no era tan decisiva en el sistema de competición de entonces. El caso es que acumuló hasta ocho derrotas en esa primera fase, con el fichaje fallido de Paul Thompson, un exterior anotador que se había exhibido ante los azulgranas con el equipo holandés del Den Bosch la temporada anterior. La apuesta de Aito no funcionó, pero sí lo hizo su sustituto, un hombre de un corte totalmente distinto al de Thompson: interior (aunque con buen tiro de tres), gran defensor e incansable luchador, David Wood fue probablemente el jugador más completo de los que acompañaron como extranjeros a Audie Norris durante sus años en Barcelona. Desde luego, a Wood no se le puede echar la culpa de la derrota de Zaragoza, y sí del gran final de campaña de los catalanes en la ACB.

Y es que los de Aito, en una ACB cada vez más competitiva como se había demostrado en la Copa del Rey de ese año, pusieron la directa y se plantaron en la final por la vía rápida: 2-0 contra el IFA Granollers y 3-0 contra un Estudiantes que por fin había alcanzado las semifinales tras muchos años quedándose a las puertas, pero que casi no plantó batalla al Barça en ninguno de los tres partidos. Por el otro lado del cuadro, un Real Madrid agotado por las desgracias (marcha de Petrovic, fallecimiento de Fernando Martín, mala elección inicial de extranjeros, mucha presión para un entrenador como George Karl que venía prácticamente de otro mundo) tampoco opuso mucha resistencia ante el Joventut, que venía de ganar la Copa Korac y de batir en cuartos al Fórum de Sabonis.

En los encuentros de la serie entre los dos equipos catalanes sí que hubo cierta batalla. Tras un primer encuentro que cayó del lado blaugrana por once puntos, el más igualado de la serie fue el segundo, en el que la Penya tuvo a su alcance la posibilidad de igualar la final.

Superado el partido más complicado, el Barça tenía la ocasión de proclamarse campeón en Badalona y terminar con buen sabor de boca una temporada en la que había quedado eliminado en cuartos de la Copa y había sufrido otra decepción en Europa. El dúo de leyendas azulgranas formado por Norris y Epi no dejó opción a los badaloneses y certificó por la vía rápida la cuarta Liga consecutiva, en una final que apenas duró cinco días. Sería el fin de una época de dominio que aún tendría continuación con una final europea más, otra vez con Kukoc y compañía enfrente, y que acabó debido a la pujanza y a los fichajes del Joventut en aquel verano de 1990.

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