Último vals yugoslavo y oasis español

El Eurobasket de Roma de 1991

Al igual que en el campeonato celebrado en Zagreb dos años atrás, el Eurobasket de 1991 apenas contó con ocho participantes, si bien puede considerarse como una fase final, puesto que entonces se celebraban partidos de clasificación durante el año, como se sigue haciendo actualmente en fútbol. Como en el 89, la fase final se disputó en una sola sede y con dos grupos de cuatro equipos que daban paso directamente a las semifinales. Con este breve sistema de competición, se dio la circunstancia de que un equipo como Francia se coló en semifinales con una sola victoria en la primera fase, ante Checoslovaquia, aprovechando la derrota ante los checos de Grecia, campeona y subcampeona en las dos ediciones anteriores.

Otra circunstancia que deslució el torneo fue la ausencia de uno de sus grandes dominadores en sus cincuenta años de historia. La Unión Soviética, en plena desintegración por el proceso de independencia de sus quince repúblicas que culminaría el día de Navidad de ese año, no se clasificó para la fase final, dejando espacio para que selecciones como Francia o España subieran algún peldaño en la clasificación.

En el caso de España, aquel Eurobasket fue un pequeño oasis entre la decadencia mostrada desde la gloria del 84 y los sonoros batacazos que sufriría en campeonatos posteriores en forma de “angolazo” y “chinazo”. Tampoco se esperaba gran cosa de un grupo en el que, por diversos motivos, faltaban jugadores importantes de la época como Montero, Ferran Martínez, Andrés Jiménez, Biriukov, Solozábal o Herreros. Pero un grupo asequible, al margen de la campeona Yugoslavia, permitió a la selección clasificarse para semifinales con dos victorias muy sufridas ante equipos inferiores como Polonia y Bulgaria. Antes, hizo lo que pudo ante la gran favorita, en un partido en el que los yugoslavos no parecieron emplearse a fondo.

Pero, todo hay que decirlo, en semifinales el equipo de Díaz-Miguel se marcó un partidazo ante Italia. Los italianos, que llevaban unos años con resultados aún peores que los de España, ensamblaron un muy buen equipo para hacer de anfitriones, con una combinación de jugadores muy veteranos (Brunamonti o Premier), otros en plena madurez (Riva, Magnifico o Ario Costa) y algunos jóvenes de gran calidad como Gentile, Pittis y Rusconi. Con semejante equipo había vencido sin problema los tres partidos de su grupo. Pero España tenía poco que perder y salió a darlo todo con una rotación corta de ocho hombres: un quinteto titular con Villacampa y Epi como grandes referencias anotadoras, la buena dirección de Rafa Jofresa y una pareja interior muy dura, formada por Antonio Martín (que hizo un gran torneo y acabó como máximo reboteador) y Orenga, este último en su primer gran torneo de selecciones. Desde el banquillo Díaz- Miguel daba entrada a tres currantes como Antúnez, Cargol y Andreu, que ofrecieron un buen rendimiento en el torneo y en la semifinal.

(Aquí podéis ver la segunda parte).

El partido fue tenso e igualado durante los 40 minutos, y sólo se decantó a favor de los italianos en los instantes finales gracias a la calidad de Gentile, con sus habituales triples increíbles, y de canastas decisivas de otros jugadores como Magnifico o Brunamonti. También hubo alguna que otra posible falta en contra de España que los árbitros no pitaron y que pudieron ser decisivas, como siempre se encargaba de recordar Pedro Barthe.

El partido por el bronce no tuvo mucha historia. Francia pareció conformarse con la cuarta plaza y no opuso mucha resistencia a España, que mantuvo la inercia competitiva del choque contra Italia. Por los franceses, los mejores jugadores de la época eran Ostrowski y Dacoury, y también la joven promesa Occansey, que no llegó tan lejos como se esperaba de él, y el fantástico Rigaudeau que, aún con 19 años, anotó 17 puntos saliendo desde el banquillo.

(Vídeo de la segunda parte).

Con la medalla de bronce colgada del cuello de los jugadores españoles, quedaba disfrutar de la final entre Yugoslavia e Italia. De los ‘azzurri’ ya hemos comentado que se presentaron al campeonato con un equipo repleto de buenos jugadores, pero lo de Yugoslavia eran palabras mayores. Con la Guerra de los Balcanes en plena ebullición, aquel sería el último campeonato en el que disfrutaríamos de aquella fantástica selección yugoslava. El equipo se presentaba con una sola baja, aunque no era menor: por diversos motivos, Drazen Petrovic decidió no acudir a la cita (Croacia estaba a punto de declarar su independencia, estaba reciente el famoso incidente de la bandera de Divac en el Mundial de Argentina y, además de todo ello, quería dedicar el verano a prepararse para triunfar en la NBA, después de una temporada en la que había sido traspasado a New Jersey Nets). La ausencia de Petrovic seguramente abrió la puerta a Sasha Djordjevic, de quien dicen que estaba vetado por el croata tras algún roce en un partido (lo cierto es que el base serbio llevaba ausente desde 1987. Junto con Djordjevic, completaban la plantilla una constelación de estrellas: Divac, Djordjevic, Kukoc, Paspalj, Radja,  Komazec, Zdovc, Danilovic, Perasovic, Savic, Sretenovic y un más desconocido Jovanovic, del Estrella Roja, que ya había integrado el equipo el año anterior en ausencia de Radja. Sólo se echaba en falta a Drazen Petrovic y, en menor medida, a Stojko Vrankovic. El conjunto de Ivkovic llegó a la final derrotando en la primera fase sin grandes alardes a España, arrasando a Polonia y venciendo por sólo un punto a Bulgaria. En la semifinal no tuvo grandes problemas para deshacerse de Francia por 20 puntos de diferencia.

Otra lamentable consecuencia de la situación política que se vivía en Yugoslavia fue que el esloveno Jure Zdovc, que había tenido un papel destacado en los oros conseguidos por los plavi en los dos años anteriores, no pudo disputar los dos últimos partidos de este Eurobasket. Un día antes de la semifinal, Eslovenia declaró su independencia, lo que dio lugar al breve conflicto de los Diez Días que acabó con su escisión de Yugoslavia, y prohibió al base defender la camiseta azul bajo la amenaza de ser declarado traidor a la patria. Con lágrimas en los ojos, Zdovc tuvo que abandonar la concentración y despedirse de sus compañeros, que horas más tarde debían disputar sus dos últimos encuentros juntos.

Los yugoslavos se despidieron de la mejor manera posible, haciendo su mejor baloncesto como habían hecho en las dos finales anteriores, dejando claro que no tenían rival en Europa pese a que los italianos lo intentaron en la primera mitad, a la que se llegó con 8 puntos de ventaja de los balcánicos. En la segunda parte continuó el espectáculo, con Kukoc y Radja manejando el partido a su antojo y disfrutando de su reencuentro (Radja llevaba un año jugando en ese mismo pabellón, para Il Messagero de Roma, mientras que Kukoc había levantado la tercera Copa de Europa consecutiva para la historica Jugoplastika).

(La segunda parte la tenéis aquí).

Aquella final fue la despedida a tres años maravillosos de dominio del equipo yugoslavo sobre todas las selecciones que se enfrentaron a él. Un auténtico equipo de ensueño que no pudo enfrentarse un año después, en el mejor escenario posible (los Juegos Olímpicos de Barcelona) al otro Dream Team, el de Estados Unidos. Todos lo hemos imaginado alguna vez, ¿cómo habría sido aquel partido? Lamentablemente nunca lo sabremos. Siempre nos quedarán los vídeos de Zagreb, Buenos Aires y Roma para recordar el maravilloso baloncesto que hicieron juntos durante tres inolvidables años.

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