Una aburrida sorpresa

El Limoges de Maljkovic reinó en Europa en 1993

Antes de comenzar la segunda edición de la Liga Europea, en 1992-93, dos nombres propios estaban en boca de todos a la hora de vaticinar un posible ganador. Las figuras de Sabonis y Toni Kukoc señalaban a sus equipos, el Real Madrid y el Benetton Treviso, como grandes favoritos, toda vez que los integrantes de la Final Four de la temporada anterior habían bajado su nivel o, en el caso del campeón Partizan, tenía prohibido participar por las sanciones por la Guerra de Yugoslavia (y además, sus estrellas Djordjevic y Danilovic habían emigrado rumbo a Italia). Por su parte, los clubes griegos se estaban haciendo un nombre y empezaban a tener poder económico para fichar, siendo el Paok de Salónica el gran equipo heleno de la época, sucediendo al Aris en esa condición. Equipos italianos como el Scavolini o el Knorr Bolonia también partían bien situados para hacerse con el título.

Centrándonos en lo que tenemos más cerca, el Real Madrid tenía como objetivo conquistar su octavo título de campeón de Europa, como reflejaba Clifford Luyk en sus declaraciones nada más conquistar la Copa del Rey de aquella temporada (“Queremos los tres títulos”). La incorporación de Sabonis a un equipo que había funcionado bastante bien en la temporada anterior les convertía en candidatos claros, como ya hemos explicado, y el título copero conseguido ante el Joventut parecía indicar que estaban en el buen camino. Además, su trayectoria en Europa estaba siendo muy exitosa, acabando en primera posición de su grupo por delante del Benneton, el Olympiacos y el Pau-Orthez de Muresan.

Los madridistas se enfrentaron en cuartos de final a uno de los grandes equipos de los 90, la Virtus de Bolonia, entonces bajo el patrocinio de Knorr. Por aquel entonces los italianos estaban empezando a construir el gran equipo que tendrían años después, formado por los mejores jugadores italianos, alguna estrella europea y algunos fichajes de relumbrón procedentes de la NBA. En aquella temporada sus jugadores más destacados eran Brunamonti, Coldebella, Morandotti, Binelli, el ex Bulls Bill Wennington y, por encima de todos, Predrag Danilovic, el más temido por los blancos de cara a aquella eliminatoria. Efectivamente, Danilovic fue protagonista en la serie, pero por la gran defensa a la que le sometió Ismael Santos, que dejó al serbio en cuatro puntos en el decisivo primer partido disputado en Bolonia. En el segundo de la serie a tres encuentos, el Madrid selló por la vía rápida el pase a la Final Four, a la que llegaba como favorito junto con la Benetton de Kukoc, con el Paok Salónica como posible sorpresa.

Pero absolutamente nadie contaba con el Limoges, pese a que tenía en el banquillo al creador de aquella maravilla llamada Jugoplastika que había reinado Europa entre 1989 y 1991. Un equipo que había llegado a la Final Four de Zaragoza tres años atrás pero que Bozidar Maljkovic cambió de arriba a abajo: prescindió de su gran estrella, Stephane Ostrowski, y solamente se quedó con Richard Dacoury, al que transformó de gran anotador a jugador defensivo. Por cambiar, cambió la camiseta verde que habían lucido hasta entonces por otra de un amarillo casi idéntico al de sus tiempos de Split. El técnico serbio dio el mando en la pista al esloveno Jure Zdovc, un base capaz de mandar a los Kukoc, Radja, Petrovic, Divac etc. en la histórica selección yugoslava del 89 al 91, y se rodeó de guerreros para defender hasta asfixiar a sus rivales. En ataque, al ritmo lento que marcaba Zdovc agotaban los aún vigentes 30 segundos de posesión, para extenuar al oponente y acabar casi siempre con un tiro de Michael Young. Si había fallo, los Bilba, Redden, Butter o M’Bahia se hacían no pocas veces con el rebote ofensivo y vuelta a empezar: otros 30 segundos durmiendo el balón, para desesperación de sus contrincantes y de los aficionados.Por fuera, acompañaban a Zdovc y a Dacoury otros jugadores que contribuían a la causa de defender como perros y ralentizar el juego, como Forte y Verove.

Así las cosas, el Real Madrid debía imponer su mayor calidad y el factor Sabonis frente a la férrea defensa gala. La semifinal no comenzó nada bien para los de Luyk, con un 2-12 de inicio en su contra. Los exteriores blancos no eran capaces de meter balones con ventaja a Sabonis ni de acelerar un poco el ritmo que intentaba imponer el Limoges. Con el paso de los minutos las ideas madridistas apenas se aclararon, llegándose al descanso con pocos puntos en el marcador pero con una importante ventaja francesa.

(La calidad del vídeo mejora con el paso de los minutos).

La segunda parte siguió la misma tónica, con un Madrid cada vez más desesperado y un Limoges con las ideas de su entrenador marcadas a fuego, renunciando a cualquier posibilidad de contraataque para defender su ventaja. Los Sabonis, Brown, Biriukov, Cargol, Antúnez, Lasa… fueron incapaces de desarmar la estrategia de Maljkovic y se fueron a casa con un 52 puntos anotados y con una de las mayores decepciones de su historia.

Si bien el Limoges hacía un juego nada atractivo y ha pasado a la historia como el culpable del mal baloncesto que se jugó en Europa a partir de ese momento, cabe decir que otro de los favoritos, el Benetton de Treviso, no jugaba mucho más rápido. Si en el equipo galo Zdovc era el encargado de marcar el ritmo, en los italianos el técnico Petar Skansi le daba el balón a Toni Kukoc para que hiciera y deshiciera, pero a una velocidad mucho más lenta de la que nos tenía acostumbrados con la camiseta de la Jugoplastika y de la selección yugoslava. En la segunda semifinal entre el Benetton y el PAOK se vieron más puntos pero ya se atisbaba que el baloncesto controlado iba a protagonizar la final. El duelo entre transalpinos y helenos fue dramático y se resolvió en los últimos segundos.

Eliminado el Real Madrid, el Benetton quedaba como el favorito claro para ganar la final, con un equipo donde Kukoc era el gran jefe (aunque en sus dos años en Italia no vimos con regularidad su mejor versión). El club de Treviso tiró de talonario para hacerse con la gran promesa interior del baloncesto italiano, Stefano Rusconi, y siguió la moda de fichar jugadores de clase media (o a veces, alta) de la NBA pero bastante conocidos, en este caso Terry Teagle, que había jugado la final del 91 con los Lakers. Como jugador italiano más conocido contaban con el tirador Iacopini, que fue decisivo contra el PAOK. Como en la primera semifinal, nadie daba un duro por el Limoges, pero en este caso el Benetton tampoco tenía intención de variar el ritmo que querían imponer los galos.

En esta ocasión fue el Limoges el que no vio aro prácticamente en toda la primera mitad, en la que los italianos llegaron a alcanzar una ventaja superior a los 10 puntos sin necesidad de que Kukoc anotara una sola canasta. Pero Maljkovic no se puso nervioso y siguió confiando en sus guerreros y en el plan que tenía previsto. En un partido a poquísimos puntos, su equipo logró parar la ya de por sí escasa anotación italiana e igualar el partido antes del descanso. En la segunda parte las canastas siguieron llegando con cuentagotas, pero ya con el marcador apretado los nervios empezaron a atenazar al equipo que más se jugaba. El Limoges siguió jugando su partido y se puso por delante a falta de siete minutos. La determinación de los franceses y la aparición de Toni Kukoc en los últimos minutos depararon al menos un final muy emocionante para un partido que pasó a la historia como uno de los más feos de siempre. Como no podía ser de otra forma el duelo se resolvió por una jugada defensiva de uno de los guerreros galos, Forte, contra el jugador de mayor calidad y salario de todos los que disputaban el partido, Kukoc.

El triunfo de los lemosines, que no hicieron sino seguir ciegamente a un entrenador que tenía un plan legítimo para ganar, dejó durante años la idea de que había que jugar así para ganar, y nos trajo a Europa un baloncesto  rácano y poco vistoso, con campeones que renunciaban al juego alegre pese a tener grandísimos equipos (el mayor ejemplo, el Kinder Bolonia del 98) por el miedo a no vencer si no jugaban controlándolo todo. Pasó casi toda la década hasta que se demostró que, si tienes buenos jugadores, se puede jugar bien y ganar y que, si juegas lento por miedo a perder, te puede derrotar un equipo peor que el tuyo, como hizo el Zalgiris Kaunas en 1999 venciendo precisamente al equipazo de Bolonia. Pero hasta entonces pasaron seis años de oscurantismo, de los que creo que no se puede culpar al Limoges sino a los que pensaron que la del Limoges era la única forma de ganar.

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