Un triple saca otro triple

Corny Thompson hizo campeón de Europa al Joventut

El Joventut de Badalona culminó la mejor etapa de su historia con el máximo logro que puede alcanzar un club en Europa, proclamándose campeón de la máxima competición continental dos años después de haber caído traumáticamente en la final de Estambul con aquel impresionante triple de Sasha Djordjevic. En esta ocasión fue otro triple, el que anotó Corny Thompson pocos segundos antes del final, el que llevó a Badalona la alegría que les había quitado el genial base serbio.

El equipo verdinegro no había cambiado demasiado con respecto al equipo que jugó la final en Estambul, pero sí había un par de detalles que les hacían parecer un equipo distinto: el primero, el relevo de Lolo Sainz en el banquillo, en el que se sentó nada menos que Zeljko Obradovic. Aunque el serbio aún no se había convertido en garantía de triunfo en la Euroliga, su hazaña con el Partizan hizo pensar a los dirigentes verdinegros que era la persona idónea para intentar hacerse con el título que se les había escapado en la primera edición de la Liga Europea. Y acertaron.

Otras cosas que habían cambiado eran que ya no estaba Harold Pressley, que tan importante había sido para conseguir las Ligas de 1991 y 1992, y que los de Badalona sí contaron con Ferran Martínez, lesionado en la Final Four de Estambul y en toda la parte decisiva de aquella primera Liga Europea. Mike Smith ya jugaba como español y Tony Dawson, el elegido para sustituir a Pressley, ya no formaba parte de la plantilla verdinegra de la Liga Europea para cuando se celebró la Final Four en Tel Aviv.

La presencia de Obradovic situaba al Joventut entre los candidatos al título, aunque no se le consideraba tan favorito como a otros equipos, en especial los griegos del Olympiacos y del Panathinaikos, que se habían convertido en los clubes más ricos del continente, y el Real Madrid, que con Sabonis en sus filas volvía a aspirar al título que el Limoges le había impedido ganar el año anterior. La competición, superadas unas eliminatorias previas que casi siempre eran de trámite, se disputaba en dos grupos de ocho equipos antes de pasar a la final. El Joventut, sin hacer una mala fase de grupos, quedó tercero en el suyo, que lideraron los turcos del Efes Pilsen seguidos del Panathinaikos. El cruce con el otro grupo propició un enfrentamiento con el Madrid que los blancos afrontaron con la obligación de estar como mínimo entre los cuatro mejores de Europa. Pero Obradovic preparó a su equipo para llegar a abril en el mejor momento de forma y diseñó una defensa que desesperó a Sabonis, para vencer ampliamente el primer encuentro en Badalona y dar la sorpresa en Madrid, en una eliminatoria que ni siquiera necesitó de un tercer partido.

Un vistazo a los tanteos de las eliminatorias de cuartos nos deja claro que el Limoges había convencido a todo el mundo de que la única forma de ganar era ralentizar el juego y agotar al máximo el tiempo de posesión, que entonces era de treinta segundos. Así llegaron a Tel Aviv los dos equipos griegos, ambos con un poderío económico y una habilidad para conseguir nacionalizaciones que les permitió formar grandes plantillas: el Panathinaikos, con Galis, Volkov, Vrankovic y los nacionalizados Sokk, Pecarski y Kuusma, junto con el joven Alvertis, venció al vigente campeón, el Limoges, con sus propias armas, mientras que el Olympiacos, del que hablaremos más tarde, eliminó al Buckler Bolonia de Ettore Messina. El otro participante en las semifinales fue una pequeña sorpresa: el Barcelona de Aito, clasificado en cuarta posición de su grupo, aprovechó el buen momento que ya había exhibido en la Copa del Rey para deshacerse del Efes Pilsen, que había acabado primero en el suyo y que lideraba el gran Naumoski.

Ya en la Final Four, las semifinales fueron dos duelos nacionales: Panathinaikos y Olympiacos por un lado y Joventut y Barcelona por otro. El duelo catalán empezó igualado, llegándose al descanso con un marcador abierto. Pero en la segunda parte el Joventut impuso su ley y en el Barcelona sólo opuso resistencia un Epi que apuraba sus opciones de retirarse ganando el máximo título continental. Superado el escollo del Barça, los badaloneses estaban a un paso de alcanzar la cima europea.

El Olympiacos de Ioannidis presentaba una plantilla temible, con Roy Tarpley y Zarko Paspalj como máximos referentes. El americano, uno de los mejores rookies de la NBA en 1987 y mejor sexto hombre en 1988, tuvo que poner rumbo a Europa al ser sancionado por la liga estadounidense por consumo de drogas, mientras que la calidad del montenegrino estaba fuera de toda duda… si bien tenía bastantes problemas con los tiros libres. La base del equipo la completaban los griegos Fassoulas, Sigalas y Bakatsias y los hábilmente nacionalizados Tarlac, Tomic y Nakic. Por su parte, el Joventut se oponía a las estrellas griegas su glorioso bloque de los últimos años: Rafa y Tomàs Jofresa, Villacampa, Smith, Morales y Thompson, con Dani Pérez, Alfonso Albert e Iván Corrales como representantes de la savia nueva de la cantera verdinegra.

Ambos entrenadores se apuntaron a la moda de jugar lento y no permitieron grandes alegrias en el juego. La igualdad en el marcador atenazó los nervios de ambos conjuntos, que no llegaron a 60 puntos. En un partido de muchos errores, los fallos en los tiros libres de Tarpley y Paspalj y un triple de Villacampa y otro de Corny Thompson fueron los que decantaron la final del lado del Joventut.

Resultó simbólico que la canasta decisiva la anotara el jugador que les había convertido en grandes con su llegada. Un triple que sacaba de los corazones verdinegros la profunda espina que les había clavado el de Djordjevic y que culminaba cuatro años de éxitos de la Penya que lamentablemente no tuvieron continuidad en las temporadas siguientes. Tras el sensacional éxito que supuso proclamarse campeón de Europa, la pérdida de patrocinadores y la marcha paulatina de sus mejores jugadores provocó en los años siguientes una trayectoria descendente de la que empezaría a levantarse en 1997, la última temporada de Jordi Villacampa, para después volver a alternar buenas épocas con otras de mayor sufrimiento, algo casi inevitable en un club con la filosofía de cantera del Joventut.

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