Sabonis y Arlauckas, un dúo demoledor

Segunda ACB consecutiva para el Madrid en 1994

Después de haber sido eliminado en semifinales de Copa y en cuartos de final de Liga Europea, el Real Madrid estaba obligado a ganar la Liga ACB en el segundo año que pasó Sabonis en el club blanco. La inversión en el fichaje del lituano solamente podía justificarse con títulos y, aunque pesaban los dos años sin ni siquiera alcanzar la final de la máxima competición continental, lo mínimo era amarrar el título liguero. Eran tiempos en los que cada cierto tiempo se hablaba de la posibilidad de que la sección de baloncesto del Madrid despareciese.

Clifford Luyk tenía la misión de conseguir la segunda ACB pese a que los dos fiascos consecutivos en Europa le dejaban pocas posibilidades de continuar al frente del equipo blanco. La idea era llegar en la mejor forma posible a la Final Four de la Euroliga y no antes, después de haber caído el año anterior en semifinales con el Limoges. La Copa del Rey les llegó pronto, cosa que aprovechó el Barcelona para eliminarles en semifinales y hacerse con el título. Pero lo que no entraba en los planes era que el Joventut les dejase fuera de la Final Four. Los madridistas se vieron impotentes ante el empuje de los de Obradovic y no pudieron aprovechar el factor campo contra los que acabarían proclamándose campeones de Europa. La Liga, como decíamos, pasaba a ser una obligación.

Después de una fase regular sin grandes sobresaltos, los blancos se encomendaron a Sabonis y a Arlauckas para afrontar los playoffs, que entonces disputaban dieciséis equipos. Alternando partidos sin complicaciones con alguno más ajustado, se deshicieron del Breogán y el TDK Manresa, cediendo un partido ante los catalanes, grandes animadores de la ACB en los 90. Pero la receta estaba clara: el americano y el lituano rondaban los cuarenta minutos y el resto intentaba aprovechar la atención que generaban ambos para anotar desde fuera. Sobre todo Kurtinatis, al que posiblemente echaron de menos en la eliminatoria europea contra el Joventut, ya que sólo se permitían dos extranjeros por equipo. Antonio Martín daba (pocos) minutos de descanso a los dos pívots titulares y el resto de exteriores tenía clara su misión: Santos, Cargol, Biriukov, Lasa y Antúnez defendían y jugaban en función de las opciones que dejaban los interiores. Un guión muy parecido al que aplicaría Obradovic un año después para asegurarse la Liga Europea.

En las dos semifinales de la ACB se repitieron los protagonistas de la temporada anterior: duelo catalán por un lado y derbi madrileño por otro. Si bien el Joventut y el Barça vivieron cinco partidos muy competidos, al igual que un año atrás, en la otra semifinal el Estudiantes solamente pudo arañar un partido. Aunque los del Ramiro mantenían una buena plantilla echaron en falta el carisma de Pinone y Azofra, uno ya retirado y el otro jugando en Sevilla después de no haber alcanzado un acuerdo de renovación con el club de sus amores. Aunque sí pusieron en aprietos al Madrid en los dos primeros encuentros y se hicieron con el tercero, en el cuarto no les quedaron fuerzas para forzar un partido más.

La semifinal catalana tenía un pronóstico más incierto entre dos equipos que se habían enfrentado unas semanas atrás en otra semifinal, la de la Liga Europea en Tel Aviv. El Joventut llegaba con la tranquilidad que les daba su condición de campeón de Europa, mientras que el Barcelona también tenía el título de Copa en el bolsillo y había mejorado considerablemente sus resultados de las dos campañas anteriores. Aunque el equipo azulgrana se hizo con el primer punto de la eliminatoria de manera holgada, el resto de partidos fueron muy disputados. El segundo también cayó del lado culé, pero la Penya se empleó a fondo para intentar remontar el 2-0. Pese a no contar con Villacampa en los dos partidos disputados en su Palau Olímpic, los verdinegros consiguieron ganar ambos y poner el 2-2 en la serie.

En el quinto, se disputó en el Palau Sant Jordi, que acogió al Barcelona durante algunas temporadas a principios de los 90. Villacampa pudo jugar pero un gran Galilea, secundado por los tres americanos de los culés, clasificó al Barcelona para la final contra el Real Madrid. Un “clásico”, como se llama ahora, que no se producía en la lucha final por el título desde la llamada “Liga de Petrovic“, cinco años atrás.

En la final no hubo color. Luyk se encomendó a Sabonis y a Arlauckas, con ayudas puntuales de los demás (en especial de Kurtinaitis) y su equipo empezó a correr bastante menos que en los años anteriores con el neoyorkino en el banquillo. La puntuación fue baja en los tres partidos y el Barcelona no logró repetir la defensa a Sabonis con la que habían ganado a los blancos en la Copa.

Jugadores que habían ayudado mucho a los culés a ganar la Copa y a llegar a la semifinal europea no encontraron su sitio en la final, maniatados por una gran defensa blanca en la que destacaban Santos, Antúnez o Cargol, con apariciones del veterano García Coll, que se iba ganando minutos de cara a la siguiente temporada. En la dirección, la batuta la llevaba Lasa, que se entendía con Sabonis mejor que Antúnez, aunque ambos se repartían los minutos en función del partido.

Galilea, Epi, Montero… fueron algunos de esos jugadores que no estuvieron bien en la final, mientras que Andrés Jiménez apenas pudo participar por estar saliendo de una lesión. Pero el gran fiasco en los barcelonistas fue Fred Roberts: el ex de los Celtics, que había cumplido durante la temporada, estuvo horroroso en el playoff contra el Madrid, quedando Tony Massemburg y Corey Crowder como los hombres más destacados de los de Aíto García Reneses. Pese a todo, con dos finales y un título nacional y la clasificación para la semifinal de la Liga Europea, el Barcelona demostró estar casi preparado para volver a aspirar a ganar títulos.

La final no fue bonita ni por el juego desplegado por los ganadores ni por la resistencia que opusieron los derrotados, y eso se reflejó en los tanteos y en los huecos que se vieron en las gradas de ambos pabellones. Pero un título es un título y los aficionados madridistas celebraron el 3-0 contra el eterno rival, satisfechos por poder contar en sus filas con uno de los mejores jugadores de la historia de Europa. Eso sí, la temporada siguiente les iban a exigir ser campeones de Europa y para ello ficharon a un entrenador que llevaba dos títulos en dos participaciones en la máxima competición continental.

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