La hora de los pívots

Houston se impuso a los Knicks en la final de 1994

La NBA inició su temporada 1993-94 huérfana de Michael Jordan, su gran estrella y absoluto dominador de las últimas tres campañas. La ausencia por retirada (temporal) del escolta de los Bulls concedía a los demás equipos la oportunidad de aspirar al campeonato. Pese a que recientemente también se habían retirado los otros dos estandartes de la liga, Magic Johnson y Larry Bird, un buen número de jugadores que alcanzaron su máximo esplendor en los años 90 estaban dispuestos a ocupar el sitio de los que habían recibido todos los focos en los últimos quince años. Karl Malone, Patrick Ewing, Charles, Barkley, Clyde Drexler, Shawn Kemp o Dominique Wilkins lideraban a algunos de los equipos que aspiraban al anillo. Pero fueron los Houston Rockets de Hakeem Olajuwon los que se llevaron el gato al agua en las dos temporadas en las que Jordan no participó desde el principio.

Los equipos de la Conferencia Oeste se caracterizaban por contar con rotaciones de más jugadores de talento que en la Este, donde la estrella de cada equipo solía estar arropada por jugadores más duros y defensivos, una tendencia que sigue hoy en día y que daba lugar a duelos interesantísimos en playoffs. Seattle, Portland, San Antonio o Utah gozaban de una gran profundidad de banquillo y algunos de ellos no podían avanzar más allá de la primera eliminatoria al tener que enfrentarse a un rival tan completo como ellos. Fue el caso de los Seattle Supersonics de Gary Payton y Shawn Kemp (y de Schrempf, Sam Perkins, Ricky Pierce,Kendall Gill o Michael Cage, entre otros), que consiguieron la primera plaza de la temporada regular y cayeron en primera ronda contra los Nuggets de Dikembe Mutombo y Mahmoud Abdul-Rauf. No llegó más lejos otro de los grandes favoritos, los San Antonio Spurs de David Robinson, Dale Ellis, Terry Cummings y Dennis Rodman que, pese a la espectacular aportación defensiva y reboteadora de este último en su primer año en Texas, no pudieron con los Jazz de Utah.

Por su parte los Rockets, con el segundo record del oeste, se imponían a los Blazers en prmera ronda y en la segunda se veían las caras con los finalistas del año anterior: los Phoenix Suns de Charles Barkley. En una gran eliminatoria que llegó al séptimo partido, los de Houston hicieron valer el factor campo para ganar 4-3 y meterse en la final de conferencia. Allí aprovecharon que los Sonics y los Spurs habían caído sorprendentemente y vencieron a los Jazz, llamados a alcanzar altas cotas en el futuro pero que aún no estaban preparados para asaltar la final.

En el este continuaba la tradición de las eliminatorias encarnizadas entre equipos especialmente duros. Era el caso de los New York Knicks que, después de deshacerse en primera ronda de los Nets, no faltaron a su habitual cita de los 90 contra los Chicago Bulls. Los de Pat Riley aprovecharon que no estaba Michael Jordan para, por fin, superar a los de Illionois, pero no fue nada fácil. Los Bulls, que por fin habían logrado convencer a Toni Kukoc para unirse a ellos, alargaron la serie a siete partidos aunque finalmente cayeron ante los neoyorquinos, que después necesitaron otros siete encuentros contra los pujantes Indiana Pacers para alcanzar la gran final. Los Knicks tuvieron que superar momentos como la histórica exhibición de Reggie Miller en el cuarto partido en el Madison Square Garden.

La final de la NBA enfrentó a dos equipos hambrientos de gloria: los Rockets no tenían ningún anillo y no alcanzaban la final desde hacía ocho años, pero los Knicks no lo hacían desde que la ganaron en 1973, veintiún años atrás. Los dos tenían a su gran estrella en el puesto de pívot, lo cual marcó el enfrentamiento: Hakeem Olajuwon por los de Houston y Patrick Ewing por los de Nueva York. La preferencia de ambos conjuntos por meter balones interiores propició un juego a media cancha, donde los centers recibían el balón en gran parte de los ataques. No fue la final más vistosa pero sí tuvo emoción y, sobre todo, mucha lucha.

En los cuatro primeros partidos se sucedieron las victorias de uno y otro equipo. El factor campo importaba poco ante la igualdad reinante. En los dos primeros choques celebrados en Houston cada contendiente sumó un punto; en los dos siguientes en Nueva York, mismo resultado. El guión de ambos estaba claro: balón al pívot para que intentase resolver en uno contra uno y, si no era posible, pase al exterior mejor colocado en busca de un triple.

Siguiendo ese plan, los Rockets estaban mejor equipados para castigar con tiros lejanos los 2×1 que recibía Olajuwon: Kenny Smith, Vernon Maxwell y el rookie Robert Horry eran más regulares que los tiradores de los Knicks, que dependían de la inspiración de John Starks, acompañado de Derek Harper o de las esporádicas apariciones del suplente Hubert Davis, pero que no tenían en Charles Smith a un tirador fiable en el puesto de alero alto. La especialidad de los de Riley era otra: jugadores como Oakley, Anthony Mason o el propio Starks se empleaban con dureza y eran tremendamente difíciles de superar en defensa. Con esas armas, Nueva York fue el primer equipo capaz de repetir victoria en la final, colocando el 3-2 en el quinto partido en el Madison con 25 puntos de Ewing y 19 de Starks . Los Rockets necesitaban dos victorias en su casa si querían ser campeones. Por su parte, los de Pat Riley tenían dos ocasiones para proclamarse campeones. En el sexto partido lo tuvieron cerca, pero los 27 puntos con cinco triples de Starks no fueron suficientes. Olajuwon, que en toda la serie demostró estar un escalón por encima de Ewing, anotó 30 para dar la victoria por dos puntos a su equipo. Todo se iba a decidir en el séptimo.

El día decisivo la tónica fue la misma que en toda la final: pocos puntos, mucha igualdad, juego 5×5 y dependencia máxima del tiro exterior para abrir espacios para los hombres grandes. Starks no pudo mantener el acierto en el triple que había tenido en el partido anterior sino todo lo contrario: el cero de once en triples del escolta fue un lastre para los neoyorquinos, aunque los tiradores de Houston tampoco tuvieron un gran día. Pero al menos Maxwell y el gran rookie de los Rockets, Sam Cassell, sí acertaron en los momentos importantes, dejando espacio de maniobra a Olajuwon, que sentenció la final con 25 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias.

Nunca sabremos qué habrían hecho los Rockets en una final contra los Bulls de Jordan pero, hipótesis aparte, los de Rudy Tomjanovich fueron los mejores en una Conferencia Oeste durísima y superaron a unos Knicks muy correosos en la final. Houston tenía un equipo muy equilibrado, con el MVP de la temporada en el puesto de pívot; un base veterano como Kenny Smith y una estrella en ciernes como Cassell en el puesto de base; currantes capaces de anotar cuando era necesario, como Otis Thorpe, Mario Elie y Carl Herrera; y un jugador clave como Robert Horry, un debutante que ya mostraba un instinto especial para anotar desde lejos en momentos calientes, a lo que unía una gran capacidad atlética que iría perdiendo con el transcurso de su carrera. En resumidas cuentas, un equipo en el que todos sabían lo que tenían que hacer y que en la temporada siguiente iba a afrontar el reto de confirmarse como el mejor equipo de la NBA.

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