Misión cumplida… y a la NBA

El Real Madrid de Sabonis ganó la Liga Europea en 1995

El Real Madrid siempre ha tenido la vocación de reinar en Europa. Aun en sus peores épocas, empezaba la temporada con el objetivo de ser campeón de Europa. Por eso, quince años sin ganar la máxima competición continental, los que pasaron desde el título de 1980 al de 1995, fueron considerados por los aficionados blancos una larga travesía. Visto en perspectiva, quizá no son tantos, ya que después tuvieron que pasar otros veinte para poder saborear la gloria europea bajo el mando de Pablo Laso.

Sin duda, esa sensación de frustración se vio acrecentada por las ilusiones que había puesto el madridismo en el fichaje de Arvydas Sabonis, ilusiones que se vinieron abajo en dos ocasiones y en circunstancias en las que el título parecía al alcance de la mano: la primera de ellas, en aquella semifinal contra un Limoges contra el que nadie imaginó que el Madrid podría perder; la segunda, sin ni siquiera llegara a la Final Four, cayendo a manos de un Joventut que acabaría ganando la competición pero que semanas después ni siquiera se asomaría a la final de la ACB, que ganaron los merengues con autoridad.

En el club se hacían cruces y no podían creerse que contando con el jugador más dominante del continente no hubieran conseguido su objetivo en dos años. Así que miraron al banquillo y decidieron fichar al entrenador que contaba por títulos sus participaciones en Europa: Zeljko Obradovic, tras cambiar directamente la cancha por la pizarra, había hecho campeón a su Partizan en 1992 y al Joventut en 1994. Con el serbio al mando ya no había margen de error: el Madrid se puso como único objetivo de la temporada ser campeón de Europa. Y lo hizo al estilo que se estaba imponiendo en Europa: juego lento y controlado, lo que a priori debía favorecer a un equipo que tenía como piedra angular a un pívot de 2,20 que se movía con ciertas dificultades después de sus graves lesiones, de las cuales ya había pasado casi una década pero que cambiaron su cuerpo por completo. Lejos quedaba aquel Sabonis del Mundial de 1986 que volaba por encima de David Robinson para palmear en mate los tiros de sus compañeros.

Obradovic debía ser la guinda a un equipo que había ganado dos ligas consecutivas y que había sumado a los dos interiores más determinantes de la ACB. La temporada anterior se había incorporado Arlauckas después de haber demostrado ser un grandísimo anotador puntos en Málaga y en Vitoria. En la liga conquistada en 1994 ya se pudo comprobar el dominio interior del Madrid, que aún con Luyk dirigiendo ya había empezado a ralentizar su juego para maximizar los balones que llegaban a los dos pívots. Pero el reto europeo no sería fácil: los de Obradovic quedaron segundos de su grupo de la fase regular, donde el primer clasificado, el Panathinaikos, terminó con cuatro derrotas y el quinto, el Maccabi, quedaría fuera de los cuartos de final con sólo dos derrotas más. En cuartos, los madridistas se iban a ver las caras con la Cibona de Zagreb, liderada por Veljko Mrsic.

Pese a los 27 puntos de Mrsic en el primer partido, el Madrid se llevó el primer punto de la eliminatoria remontando la desventaja de 7 puntos que llevaba al descanso. El segundo y un hipotético tercer partido debían disputarse en la capital de España, pero bastó con uno de ellos. Al igual que en Zagreb, en en el Palacio de los Deportes la primera mitad fue muy igualada pero el gran partido de Arlauckas dio a los de Obradovic el pasaporte a la Final Four de Zaragoza, donde les esperaba un viejo conocido.

La derrota contra el Limoges dos años atrás todavía escocía en el seno blanco. El Madrid se sentía entonces favorito y sintió la impotencia de perder contra un equipo muy inferior en calidad pero que supo encontrar la estrategia idónea para ganar. Esa estrategia hizo fortuna en el resto de Europa y el juego rácano y el miedo a recibir puntos en contraataques cobraba especial protagonismo cuando llegaba la última cita de la temporada. Esta vez el Real Madrid pudo con el Limoges jugando a lo que jugaron ellos en el 93: meter balones en estático a Sabonis y Arlauckas era el plan A y prácticamente no existía un plan B. Antonio Martín daba algunos minutos de descanso a los titulares, pero cada vez menos. En el juego exterior, el físico y la defensa tenían prioridad sobre el talento: Ismael Santos y Antúnez copaban gran parte de los minutos del partido y García Coll, llegado como temporero la temporada anterior, fue haciéndose hueco merced a su aportación defensiva en detrimento de Chechu Birukov. Pep Cargol y José Lasa cumplían su labor defensiva y sabían esperar su momento en ataque. Con esas armas superaron a un Limoges que ya no era distinto del resto, porque todo el que quería ganar jugaba como ellos. El resultado, raquítico: 49-62 (video de Mr. Allishere).

En la otra semifinal se enfrentaban dos equipos griegos con mucho dinero para fichar y ambos con muchos nombres de gran calidad: en el Olympiakos (entonces se escribía con k) las estrellas eran Volkov y el grandísimo tirador Eddie Johnson, llegado a Atenas después de una destacada carrera en la NBA, a los que se unían los internacionales griegos Sigalas, Fassoulas y Bakatsias y los nacionalizados Nakic y Tarlac. El Panathinaikos, con Paspalj y Vrankovic como extranjeros, estaba liderado por Yannakis y contaba con otros griegos jóvenes de calidad, sobre todo Alvertis y Ekonomou. Pero los dracmas invertidos en este caso no servían para ver mejor baloncesto. Los de El Pireo se impusieron por 58-52, con los 27 puntos de Eddie Johnson como únicas muestras de clase (aunque con 10 de 27 en tiros de campo).

En la final Johnson falló aún más, perfectamente defendido por Ismael Santos, que junto con García Coll se repartieron la defensa del americano y la del otro peligro exterior de los griegos, Giorgios Sigalas. Por ahí se fueron las opciones de alzarse con el título del Olympiakos, que sin la aportación de su estrella llegaba al descanso con la cifra de 28 puntos, aunque eso ya no sorprendía a nadie. El Madrid, siguiendo el guión y apoyándose sobre todo en Sabonis, se iba al vestuario con diez puntos más que los atenienses.

La final, como las de los dos años anteriores, no fue bonita. El Madrid siguió aplicando en la segunda parte la doctrina Obradovic y administró su ventaja sin demasiados problemas, sin recurrir apenas al tiro exterior (de sus tres triples de ocho intentos, dos fueron del propio Sabonis y uno de Santos). Dentro de ese juego rácano y sin ninguna alegría, Sabonis cumplió su cometido a la perfección: dar el octavo título de campeón de Europa a su equipo y el primero en formato de Liga Europea, con 21 puntos en la semifinal y 23 en la final. Solamente con el partido ya decidido y con el Olympiakos intentando remontar a la desesperada, el Madrid se permitió algún contraataque culminado por los característicos mates de Arlauckas, además del último de Cargol que certificaba el triunfo.

Aunque el Real Madrid tuvo que recurrir al Rey Midas Obradovic para convertirse en campeón de Europa por fin, la apuesta económica que había hecho por un jugador como Arvydas Sabonis acabó por ser rentable, con dos títulos de Liga ACB y uno de Liga Europea. Conseguida la gloria continental, la temporada pareció acabar para los blancos, que no tuvieron fuerzas para superar al Barcelona en la semifinal liguera. El que también obtuvo un importante rédito de su estancia en España fue el propio Sabonis. Conseguido el título que no pudo conseguir en su juventud en el Zalgiris, consideró que después de tres años recuperando sensaciones en el Forum de Valladolid y tres en el Real Madrid, era el momento de demostrar toda su calidad en la Liga que se enamoró de él en sus inicios. Fue un placer verle jugar en España pero, aun medio cojo, su sitio estaba con los mejores y para demostrarlo emprendió la aventura NBA ya con más de 30 años.

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