La final de Ansley fue para el Barça

El Barcelona sudó para recuperar la ACB contra Unicaja

Cinco años debieron transcurrir para que el Barcelona recuperase el trono de la ACB después del dominio demostrado entre los años 1987 y 1990. Entre esa última Liga conquistada contra el Joventut y la de 1995, los azulgranas debieron afrontar una renovación total de su plantilla, que fue teniendo lugar poco a poco, hasta volver a convertirse en el mejor equipo de España en la segunda mitad de los 90. Primero tuvo que sufrir el declive o la retirada de su trío mágico de los ochenta: Sibilio ya dejó el equipo antes de la final del 89, Solozábal decidió retirarse en el 92 y Epi continuó ayudando al equipo hasta esta temporada del 95, aunque su aportación fue disminuyendo paulatinamente. Norris permaneció en el equipo hasta 1993, mientras que Andrés Jiménez fue el único de aquel cuatrienio glorioso que siguió en el Barcelona casi toda la década. Por su parte, Aito García Reneses, había regresado al banquillo culé después de un par de años no demasiado satisfactorios en los despachos.

Aunque el boom del baloncesto en España ya hacía años que se había apagado, la Liga ACB de los 90 fue una competición muy interesante gracias a diversos factores: el Real Madrid y el Barcelona rara vez coincidieron a la vez en un gran momento y hubo muchos equipos que crecieron y que a lo largo de la década tuvieron su oportunidad de aparecer en finales y, en algunos casos, de hacerse con algún título que otro. Si en la primera mitad de la década los grandes animadores de la competición fueron el Estudiantes y el Joventut, a partir de 1994 ciudades como Vitoria, Málaga, Manresa y Sevilla pudieron vivir de primera mano una final de la ACB, mientras que otras como Zaragoza, Valencia o Cáceres disfrutaron de una final de Copa con sus equipos como protagonistas. Además, otras como Girona, Murcia, Gijón, Orense, Torrelavega, Huesca, Valladolid, Salamanca o Granada, por citar algunas, vivían momentos de comunión con sus equipos aun sin alcanzar cotas tan altas.

Uno de esos animadores de la competición fue el Unicaja de Málaga, que en la Liga de 1995 culminó un proceso que se había iniciado años atrás con la fusión de dos clubes de la ciudad. Por un lado, el Caja de Ronda, la revelación de la temporada 1989-90, había quedado quinto bajo la dirección de Mario Pesquera y su famosa “rotación” de seis hombres: Fede Ramiro dirigía al triple poste formado por Joe Arlauckas (de alero), Rafa Vecina y Ricky Brown, sin que ninguno de los cuatro se sentase salvo que llegasen a la quinta falta (para lo cual Pesquera los protegía debidamente defendiendo en zona en gran parte de los partidos). En el puesto de escolta había más debate y se lo repartían a partes casi iguales Luis Blanco y Jordi Grau. Con esos mimbres hicieron una gran campaña y desafiaron a los grandes, aunque cayeron en un apretado playoff de cuartos de final contra Estudiantes. El otro equipo fusionado era el Maristas de Málaga, patrocinado por Mayoral, uno de los más espectaculares de la Liga con un equipo similar al que tenía cuando ascendió en 1988, con Mike Smith y Ray Smith como grandes atractivos acompañados principalmente del tirador extremeño Enrique Fernández y de jugadores de la cantera de Maristas, todos al mando de Javier Imbroda.

La fusión, consumada para la temporada 1992-93 permitió aprovechar para el equipo ACB a lo mejor de las dos canteras, que dos años después eran parte importante del equipo que alcanzó la final: Nacho Rodríguez, Dani Romero, Curro Ávalos y Gabi Ruiz conformaban la base nacional de los malagueños junto con dos acertados fichajes: uno, Manel Bosch, que ya llevaba algunos años destacando en la Liga; el otro, Alfonso Reyes, era la apuesta por un joven prometedor que no había encontrado sitio en el Estudiantes. La guinda la pusieron los tres extranjeros: el ruso Sergei Babkov, titular en la Rusia subcampeona de Europa y del mundo, y los estadounidenses Kenny Miller, pívot con pocos movimientos pero muy atlético, y el talentoso Mike Ansley. Con esa plantilla y bajo la dirección de Imbroda fueron haciéndose fuertes para acabar segundos en la liga regular y eliminar en cuartos al Estudiantes, inquilino habitual de las semifinales durante toda la década. Su rival en semifinales fue un TDK Manresa que, a la chita callando, se había deshecho del Taugrés campeón de Copa y subcampeón de lo que ahora sería la Eurocup. La presencia de los manresanos en el penúltimo escalón de la temporada se consideró una sorpresa, pero bajo el liderazgo de Joan Creus y Peñarroya y con la llegada de Esteller procedente del Barça ya estaban anunciando lo que serían capaces de conseguir unos años después.

El TDK había tocado techo (de momento) y no consiguió sumar ninguna victoria, consiguiendo los malagueños el pase a la final por un 3-0 que les dio tiempo para celebrar lo que ya era un grandísimo éxito para la ciudad, pero también para descansar más que su rival. Por el otro lado se veían las caras el reciente campeón de Europa, el Real Madrid, contra un Barcelona que ya se veía listo para culminar su reconstrucción. Si los de Aito habían llegado hasta la semifinal de la Euroliga y a la final de la ACB la temporada anterior, perdiendo contra el Joventut y el Real Madrid respectivamente, para la temporada 94-95 mejoraron considerablemente su plantilla: mantuvieron la base de nacionales que formaban Salva Díez, Montero, Galilea, Andrés Jiménez, Quique Andreu y Epi, a los que añadieron al sensacional Xavi Fernández más el regreso de Ferran Martínez. En las plazas de extranjeros mantuvieron a Corey Crowder e hicieron una apuesta segura para posiciones interiores: Darryl Middleton, que había dado un excelso rendimiento en Girona y Sevilla, era un refuerzo de lujo, no así otro interior que venía con vitola NBA: Leron Ellis, que resultó ser un fiasco y fue sustituido por un desconocido Mike Peplowski.

Los cambios de extranjeros, uno por equipo, resultaron decisivos en aquel playoff semifinal: Peplowski, después de las chanzas iniciales por lo sonoro de su apellido y por unas maneras no demasiado refinadas en ataque, acabó desquiciando a Arvydas Sabonis con su defensa. Por su parte, el Madrid inició la temporada con Kurtinaitis en sus filas, que había sido uno de los mejores en la final del año anterior contra el Barcelona. Sin embargo, una lesión impidió al escolta acabar la temporada y su sustituto, “Skeeter” Henry, no fue ni mucho menos tan efectivo como el lituano, en especial en el tiro exterior. Henry, un saltarín con cierta fama, dejó algunas jugadas espectaculares pero también la sensación de no ser un jugador muy consistente. Por ahí se fueron parte de las opciones de pasar a la final de los de Obradovic, después de haber conseguido su gran objetivo de la temporada, que era proclamarse campeón de Europa.

La final se presentaba para todos los aficionados con un claro favorito, el Barcelona, y con un Unicaja al que veíamos como simpático y que ya había hecho bastante con llegar a la final. Pero Imbroda siempre fue un gran motivador y convenció a su equipo de que podía aspirar a algo más que plantar cara o sacar una victoria para hacer un papel digno en la final. Con esa mentalidad y con varios días de descanso tras el 3-0 contra el Manresa, el Unicaja se plantó en el Palau Blaugrana y consiguió el primer punto de la eliminatoria.

De repente se volvía a hablar de baloncesto en los telediarios, en los bares, en las universidades, demostrando que es bueno para un deporte como el nuestro que haya más candidatos a ganar títulos además del Madrid y el Barcelona. Aquel equipo que había dado que hablar colándose en la final, ahora estaba animando, y de qué manera, una final que nadie pensaba que pudiera tener otro campeón que no fuera el Barça. Los azulgranas salvaron por los pelos en el segundo partido la posibilidad de ir a Málaga con un 0-2 en contra al vencer por un solo punto (93-92). La serie viajaba a Málaga al rojo vivo, con un pabellón Ciudad Jardín, mucho más pequeño que el actual Martín Carpena, donde se montó un ambiente espectacular.

El tercer encuentro, como toda la serie, volvió a ser dramático, esta vez con victoria malagueña, también por un punto (88-87). La situación era impensable unos días antes: un equipo que hasta entonces no se había codeado con los mejores estaba a una victoria de ganar la Liga, y en su casa.

El cuarto episodio se desarrolló como todos los anteriores, sin que el teórico favorito pudiera obtener ventaja en el marcador y con el aspirante a la sorpresa cada vez más envalentonado. Después de una primera parte que acabó, cómo no, con empate, en la segunda se visulmbraba la posibilidad de que el Unicaja se proclamase campeón. Entonces llegó una de las jugadas más famosas de la historia de la ACB: el “no triple” de Ansley, jugado con valentía por un jugador pleno de confianza pero que chocó con la parte posterior del aro. El Barcelona empataba la eliminatoria y tenía el quinto partido en el Palau Blaugrana.

En el encuentro definitivo los catalanes hicieron valer su mayor profundidad de plantilla. En una serie que los malagueños habían empezado más descansados, al final sintieron el cansancio de sus hombres más importantes (Ansley, 9 puntos, y Babkov, sólo 2) en una serie que había alcanzado altos niveles de tensión: cabe decir que, en el global de puntos de los cinco encuentros, el Barcelona solamente anotó cinco puntos más que el Unicaja, lo que habla de la igualdad reinante. En el quinto, después de que los de Imbroda consiguieran mantenerse en el partido casi todo el tiempo, la calidad de Middleton y Xavi Fernández dio una ventaja decisiva al equipo de Aito. Además de suponer el regreso del Barça a la cima del baloncesto español, el partido se recuerda porque fue el último de Epi, que jugó los últimos segundos y pudo despedirse anotando los dos últimos tiros libres de su carrera (vídeo de Puyolporsiempre).

Aquella fue una de las series finales más bonitas e intensas que recuerdo, sobre todo por la posibilidad de que ganase el título un equipo que a partir de entonces se convertiría en uno de los referentes del baloncesto en España, pero que llegó a aquel playoff como un equipo con el que nadie contaba. Una final que aún se recuerda como “la del triple de Ansley” a pesar de que el título se lo llevó, como casi siempre, el equipo grande. Un Barcelona que tomaba el relevo del Madrid como dominador de la ACB, condición que mantendría en los años siguientes.

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