Con Wilkins y con polémica

El Panathinaikos, primer campeón de Europa griego

Después de dos temporadas en las que dos equipos españoles se habían hecho con el título de campeón de Europa, ambos bajo el mando de Zeljko Obradovic, la 1995-96 trajo consigo el primer título para el baloncesto griego, que llevaba varios años asomándose a las posiciones punteras de la Liga Europea con presencia habitual en las Final Four. Tanto el el Joventut como el Real Madrid habían tenido que derrotar al Olympiakos en las dos ediciones anteriores y, en ambos casos, el Panathinaikos había llegado hasta las semifinales, cayendo frente a sus máximos rivales del Pireo en la lucha por llegar a la final. En los noventa el baloncesto griego tuvo a su disposición enormes cantidades de dinero, lo que le permitió fichar a los jugadores europeos más destacado y a algún destacado veterano de la NBA (Byron Scott o Eddie Johnson, entre otros), lo que unido al nivel cada vez mayor de sus propios jugadores y a algunas nacionalizaciones hizo que sus mejores equipos tuvieran plantillas muy completas y de muy buena calidad.

Los equipos griegos y los españoles, junto con los italianos del Benetton de Treviso y la Virtus de Bolonia, partían como los máximos favoritos, entre los cuales se coló el CSKA de Moscú. Por parte española, el Unicaja había conseguido plaza en la máxima competición europea gracias a su histórica temporada anterior, pero pagó la novatada con algunas derrotas en los últimos instantes, quedándose fuera de los cuartos de final en la última jornada de la primera fase. En el otro grupo coincidían el Real Madrid y el Barcelona, que se repartieron las dos primeras plazas, consiguiendo los de Aito García Reneses la primera por su doble victoria frente a los blancos.

Tanto madridistas como catalanes habían confeccionado plantillas largas como las que empezaban a estilarse por aquella época, aunque con algo de ventaja para un Barça que había construido su equipo durante varios los años, añadiendo una o dos piezas cada temporada, con Karnisovas como último fichaje estrella. Los blancos, con Obradovic al frente, habían compensado la marcha de Sabonis a la NBA con lo mejorcito de la Liga ACB y de Europa: Laso, Santi Abad, Mike Smith, Zoran Savic, Juanan Morales, Nicola Loncar… todos ellos cotizados por su buen rendimiento en sus anteriores equipos, pero que en Madrid no se acoplaron a un equipo donde Joe Arlauckas tenía licencia para tirar una vez separado de Sabonis. Aun así, hasta que llegaron las fases finales de cada competición no tuvieron malos resultados, superando al Olympiakos en el playoff de cuartos de final que daba acceso a la Final Four.

Por su parte, el Barcelona tenía bastante terreno ganado por los años que llevaban juntos casi todos sus jugadores, lo cual se reflejó en el liderato de su grupo y en el 2-0 con el que se deshizo del Ulker de Estambul para llegar a la Final Four de París. Aito contaba con una plantilla muy completa y con un banquillo de perfectas garantías: si el quinteto titular lo podían conformar Montero, Xavi Fernández, Karnisovas, Middleton y Dan Godfread, suplentes como Salva Díez, Galilea, Manel Bosch, Andrés Jiménez, o Ferran Martínez podían ocupar su lugar sin que el rendimiento del equipo se resintiera. Así, después de haberse enfrentado en semifinales de la Copa, dos veces en Liga ACB y dos veces en Europa, con balance de 1-4 para los culés, la semifinal de la Liga Europea iba a deparar el sexto encuentro entre ambos equipos. En un desarrollo parecido al de la semifinal copera, el Madrid dominó la primera parte pero se vio superado por los catalanes en la segunda (Vídeo de clasicos basket).

En la otra semifinal, el CSKA, con el que no se contaba demasiado pero que hizo una gran fase de grupos obteniendo el primer puesto y superó al Pau Othez en cuartos de final, se enfrentaba al Panathinaikos. En el equipo ruso, los internacionales Koudelin, Karasev, Panov y Kissurine, acompañados del letón Vetra y el nigeriano Nwosu (ex del Cáceres), se enfrentaban a un Panathinaikos que había tirado la casa por la ventana con el gran objetivo de reinar en Europa. Para ello centró su inversión en el banquillo y en las plazas de extranjeros: por un lado, el tricampeón de Europa (con la Jugoplastika y el Limoges) Bozidar Maljkovic y, por otro, los centímetros de Vrankovic y el bombazo mediático que supuso fichar a Dominique Wilkins. El ex de Atlanta ya no daba los saltos que en sus mejores años, pero no estaba acabado (aún promediaría más de 18 puntos en su regreso a la NBA con los Spurs). Sin embargo, no venía a Europa con la mentalidad de entrenar demasiado y ahí chocó con Maljkovic, con el resultado de algunas multas y algún amago de despido. Los griegos alcanzaron la Final Four con algunas dificultades: tras quedar terceros en su grupo, tuvieron que enfrentarse a otro de los favoritos, el Benetton de Treviso, al que dejaron en la cuneta por un solo punto en el definitivo encuentro del playoff. En la semifinal sufirieron algo menos contra los moscovitas, a los que vencieron por diez puntos. Wilkins pareció entender para qué se le había fichado y llegó a la Final Four en el mejor momento del año, anotando 35 puntos en la semifinal.

La final se presentaba apasionante: el Barcelona, de nuevo en la final de la máxima competición europea tras sus derrotas en 1990 y 1991 frente a la Jugoplastika, también con Aito en el banquillo. El PAO, obligado a ganar tras el desembolso realizado por Wilkins. El partido, como las finales de los años precedentes, no fue bonito. El técnico serbio recurrió al juego lento que le dio el título con el Limoges y que también puso en práctica Obradovic en sus dos triunfos con el Joventut y el Madrid, atascó al Barcelona con su defensa en la primera mitad, dejándole en 25 puntos, por 35 de los de verde. Sin llegar a las cotas de la semifinal, Wilkins volvía a ser la referencia anoradora de su equipo pero el jefe del partido era uno que se las sabía todas: Panagiotis Gianakis, que plasmaba en el campo los deseos de su entrenador. El serbio nacionalizado Pecarski y los griegos Ekonomou, Korfas y, sobre todo, Alvertis, máximo anotador de la final, completaban el plan del técnico serbio para dejar sin ideas al Barcelona (vídeo de Tú videoteca de baloncesto).

En la segunda parte se esperaba la reacción de una plantilla con tanto talento como la del Barcelona, para lo que Aito se encomendó a Galilea para revolucionar el partido y defender a Gianakis. Manel Bosch se encargó de frenar a Wilkins, mientras que los puntos corrían a cargo, sobre todo, de su letal pareja exterior: Arturas Karnisovas y Xavi Fernández. Con esas armas, en los últimos minutos los catalanes lograron acortar la ventaja y llegar a los últimos instantes perdiendo por un punto, momento en el que llegó la famosa jugada que decidió la final. Con una diferencia de dos segundos entre el reloj de partido y la posesión griega, antes de que algún barcelonista pudiera hacer falta, Gianakis resbaló y perdió el balón que, impulsado por Galilea, rodó hasta la canasta del Panathinaikos, donde Montero la recogió y recibió el tapón de Vrankovic que, con sus 2,17, recorrió todo el campo para intentar impedir la canasta del base azulgrana. La polémica estaba servida: después de que el tiro bajo canasta de Montero tocara el tablero, el tapón pareció ilegal para muchos, menos para los colegiados. Años después, la FIBA reconocería que la decisión arbitral había sido erróea. Por otra parte, en el momento en el que el equipo griego perdió el balón, el reloj se detuvo durante varios segundos, algo que no era la primera vez que pasaba en canchas griegas.

Entre unas y otras cosas, el Panathinaikos se llevó aquel precioso trofeo con forma de canasta y el Barcelona y García Reneses continuaron con su tradición de derrotas en finales de la máxima competición continental. El poderío económico de los grandes clubes helenos les mantendrían en la élite durante muchos años al igual que al club catalán, aunque a este último aún le quedaban unas cuantas decepciones antes de conquistar en 2003 su primera corona europea, cómo no, con un técnico serbio en el banquillo.

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