La Penya siempre vuelve

El Joventut resurgió en 1997 ganando la Copa en León

Ya he comentado algunas veces por aquí lo importante que me parece que existan clubes como el Joventut y el Estudiantes, preocupados por formar jugadores desde bien pequeños, aunque luego tengan que volar en busca de equipos que les puedan ofrecer contratos acordes a su talento. Seguramente la venta de esos jugadores es lo que posibilita a su vez que estos clubes sigan existiendo e invirtiendo en la formación de jugadores de talento que, de vez en cuando, coinciden en varias generaciones sucesivas, permitiendo que el primer equipo del club vuelva a colocarse temporalmente entre los mejores. Por eso el Joventut, al menos hasta ahora, ha alternado épocas de gran esplendor con otras en la que sus resultados son algo menos satisfactorios.

Después de su glorioso cuatrienio de 1991 a 1994, en el que convergieron varios de esos jugadores salidos de la cantera con el dinero inyectado por un patrocinador potente, los verdinegros sufrieron una importante época de sequía. Pese a que los hermanos Jofresa y Villacampa siguieron en el equipo, las dos temporadas siguientes a la consecución de la Liga Europea fueron un desastre, con fichajes extranjeros que estuvieron a años luz del rendimiento de Pressley, Thompson y Smith y echando mucho de menos a otros nacionales que fueron claves para dar el salto de calidad al principio de la década, como Ferran Martínez o Juanan Morales, suplidos por canteranos que aún no estaban preparados para rendir como aquellos.

La caída, además, no fue paulatina: desde el mismo momento en el que se proclamaron campeones de Europa, los resultados sufrieron un bajón. Esa misma temporada ya no se clasificaron para la final de la ACB después de cuatro años seguidos disputándola, y las dos siguientes, con equipos bastante peores y fichajes fallidos, ocuparon la decimotercera y la decimocuarta posición de la Liga, aún con los Jofresa y Villacampa en el equipo. La temporada 1996-97, con el nuevo patrocinador Festina, no empezó mucho mejor: el equipo empezó con un balance de 2-6 y pocos confiaban en que el Joventut pudiese mejorar demasiado las campañas anteriores. Pero poco a poco el equipo, que ya tenía poco de la plantilla campeona de Europa (sólo un Villacampa que se lesionó en diciembre y que apenas jugaría ya en la que fue su última temporada), empezó a cosechar victorias de la mano de un viejo conocido.

Alfred Julbe, que había ocupado el banquillo verdinegro entre 1986 y 1989, la época en la que el Joventut alcanzaba finales antes de empezar a ganarlas y que era uno de los equipos favoritos de los aficionados, volvía a Badalona con dos grandísimos jugadores estadounidenses a los que había entrenado en Zaragoza: el mago Andre Turner y la mano de seda Andy Toolson. El otro fichaje extranjero también resultó un éxito: Tanoka Beard, que había acabado la temporada anterior en el Breogán de Lugo y que llamaba la atención de todos a partes iguales por su pañuelo y por la exuberancia de su físico. Los tres se convirtieron en la columna vertebral del equipo y empezaron a subir posiciones, con el espaldarazo de la victoria conseguida contra el Real Madrir en la prórroga por 103-102 (con 28 puntos de Beard, 32 de Turner y 15 de Toolson), en el primer partido después de la lesión de Villacampa. Semanas antes había llegado a la plantilla otro jugador que sería clave para Julbe: el estadounidense con pasaporte español Juan Espinosa, otro portento físico que subió el nivel de intensidad de los verdinegros.

Así, los verdinegros se clasificaron para la Copa del Rey cuando nadie lo habría esperado en las primeras jornadas de competición. Era, para mí, la época dorada de la Copa, cuando todos los equipos participantes tenían alguna opción de llevarse el título por diversas circunstancias que luego comentaré. No obstante, aquel año había dos plantillas muy superiores al resto: el Barcelona había completado su equipazo con lo mejor de cada casa: a los Jiménez, Andreu, Xavi Fernández o Karnisovas, que les había dado las dos últimas Ligas, había sumado a Ramón Rivas y Esteller, pilares de las grandes temporadas realizadas por el Baskonia y el Manresa, y a dos jugadores extranjeros llegados con la temporada empezada para enderezar una temporada que no había comenzado demasiado bien: Jerrod Mustaf y Sasha Djordjevic. El otro favorito era el Real Madrid que, tras el fiasco de quedar fuera de las semifinales el año anterior, se había quedado con los jugadores que le funcionaron (Arlauckas, Laso, Antúnez, Morales, Mike Smith y Santos) , pescando también lo mejor de cada casa, empezando por la de enfrente: Herreros, Orenga y Mijailov llegaron del Estudiantes, Alberto Angulo del Zaragoza y, como gran apuesta, el joven Bodiroga (23 años), que había maravillado a todos en el torneo de Navidad de la temporada anterior. El sorteo quiso que los dos favoritos se vieran las caras en cuartos de final, con el resultado de un partidazo con dos prórrogas, una delicia para los aficionados por la emoción del marcador y por la calidad de los dos equipos.

Aquel partido, uno de los mejores de la historia de la competición, dejó fuera a uno de los aspirantes y propició unas semifinales con tres equipos poco habituados a verse tan cerca de un título (el Joventut llevaba tres temporadas muy lejos, pero en sus mejores años la Copa tampoco se le había dado muy bien), frente a un Barça que tenía todas las papeletas para llevarse el trofeo. El anfitrión León se había deshecho del campeón vigente, el TDK Manresa, mientras que el Joventut había eliminado al Estudiantes, eterno semifinalista liguero en los noventa. La Penya, que venía en la trayectoria ascendente que ya he contado, aprovechó la oportunidad para meterse en una final después de dos temporadas muy duras, mientras que por el otro lado el Cáceres, animador de la ACB desde su ascenso en 1992, se presentaba ante el Barcelona sin nada que perder. Los extremeños, quizá con la mejor plantilla de su historia, tenían como líderes a José Antonio Paraíso y a sus tres estadounidenses (Stanley Jackson, Rod Sellers y el famoso Mike Ansley), pero estaban muy bien secundados por Santi Abad, Enrique Fernández o Ferran López, y protagonizaron otro gran encuentro con prórroga ante los de Aito.  Liderados por un Ansley erigido en su jugador franquicia, más si cabe que en Málaga, dieron la campanada para delirio de sus aficionados.

Así era la Copa en los 90, con un mantra que se repetía cada vez que se acercaba la cita: la competición de las sorpresas, donde nunca ganaba el anfitrión ni el que llegaba como primer clasificado en la Liga, ni el equipo campeón conseguía repetir. Era así por varios motivos: por las fechas en las que se jugaba, por las eliminatorias a partido único y por el nivel que exhibían por entonces muchos equipos de la ACB, incluso algunos que no llegaban a entrar entre los ocho elegidos. Con todas esas premisas, nos veíamos de nuevo ante una final inédita, esta vez sin ninguno de los dos equipos «futboleros» y con dos aficiones ilusionadas con la posibilidad de levantar el trofeo: la de Badalona, por los tres años nefastos que habían pasado desde la final de Tel Aviv y la de Cáceres, por tratarse de un equipo que, como en muchas ciudades de España, vivió varias temporadas de gloria para luego acabar desapareciendo y refundándose tras ser víctima de la crisis económica.

La final no fue tan bonita como otros partidos de la fase final, seguramente por los nervios propios de dos conjuntos con poca experiencia en esas lides. Los dos llegaban pletóricos de moral a un partido que seguramente no entraba en sus planes, pero los extremeños entraron mejor en el partido. Ansley no repitió el partidazo de la semifinal, pero esta vez los de Manolo Flores encontraron en Rod Sellers a su referencia ofensiva, apoyado en los puntos de Paraíso y del tirador Fernández desde el exterior. Los verdinegros, que al fichaje de Espinosa habían sumado el de Fran Murcia justo antes de empezar la Copa, no encontraban posiciones de tiro cómodas, y los de Flores alcanzaron una máxima diferencia de diecisiete puntos al principio de la segunda parte.

Hay veces que los entrenadores toman decisiones inesperadas o, a veces, desesperadas, que cambian en rumbo de un partido y que, cuando salen bien, encumbran al técnico de turno a la categoría de genio. Seguramente aquella final de León se decidió por una decisión de Alfred Julbe que nadie se habría imaginado: como si lo hubiese estado guardando a modo de arma secreta (no jugó en cuartos ni en la semifinal), con diecisiete puntos de desventaja sacó del fondo del banquillo a Xavi Crespo que, al igual que Villacampa, vivía sus últimos meses como profesional aquejado de diversas dolencias. Pocos minutos después de entrar a la pista, Crespo encadenó tres triples prácticamente consecutivos para sorpresa del Cáceres, que vieron cómo el Joventut se metía en pocos minutos en un partido que tenían prácticamente controlado.

El «efecto Crespo» situó a la Penya a 6 puntos ante la incredulidad del público cacereño. Quizá no ganó el partido pero posibilitó a su equipo que se creyese que podía hacerlo. Con un jugador como Turner al mando, los verdinegros estuvieron mucho más calmados al final, mientras que los extremeños veían cómo se esfumaba su ventaja para acabar perdiendo la mejor oportunidad de su historia en los últimos minutos.

Después de la alegría del título, la Penya acabaría clasificándose para las semifinales de la Liga ACB, todo un logro viniendo de las dos temporadas anteriores, y al año siguiente acabaría sexto y como uno de los equipos más atractivos de la Liga, con la pareja de bases Turner-Iván Corrales dirigiendo las operaciones, culminadas en no pocas ocasiones por los mates de Juan Espinosa. Luego, volverían los altibajos propios de un club que depende de la cantera para tener plantillas competitivas, para volver a los buenos años primero con Manel Comas (con Carles Marco y Maceo Baston, entre otros) y después con Aito García Reneses, que supo conjuntar un fantástico equipo liderado por los canteranos Rudy Fernández, Ricky Rubio y Pau Ribas. Después vinieron graves problemas económicos que Jordi Villacampa pudo capear desde la presidencia, y actualmente estamos a la espera de que vuelvan a resurgir, ahora con el regreso de veteranos como Sergi Vidal y Albert Miralles, que intentan guiar a los jóvenes para que el Joventut siga sin perder su esencia y luchando en un baloncesto profesional cada día más difícil. Los necesitamos.

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