Rivers, el nuevo Wright

El Olympiacos ganó otra final europea al Barça

Larry Wright, la Jugoplastika, el tapón de Vrankovic… y ahora David Rivers, el base estadounidense del Olympiacos. La nómina de verdugos del Barcelona en finales de la máxima competición europea se iba ampliando, al igual que la sensación de «maldición» que impedía a los azulgranas levantar el título de campeón de Europa. Desde aquella primera vez en Ginebra, donde el base Larry Wright destrozó las ilusiones de los barcelonistas, todas las citas posteriores estuvieron marcadas por los nervios y por las urgencias, y la ansiedad por conseguir el ansiado título era cada vez mayor en el club y su entorno.

Después de la transición entre 1991 y 1994, marcada por la marcha paulatina del equipo de Sibilio, Solozábal, Norris y Epi, el Barcelona había reconstruido el equipo hasta conseguir una plantilla extraordinaria que ya le había permitido ganar dos ligas en 1995 y 1996 y jugar una semifinal y una final de la Liga Europea. Para la temporada 1996-97, el año en el que la máxima competición europea  empezó a denominarse Euroliga, el Barcelona presentaba una plantilla espectacular, mejorada con la llegada de Sasha Djordjevic. También se incorporó Jerrod Mustaf empezada la temporada, si bien el americano no podía disputar la Euroliga al permitirse entonces sólo dos extranjeros por equipo en la competición continental .

Djordjevic acababa de tener una buena actuación en su duelo con Gary Payton en la final de los Juegos Olímpicos de Atlanta y había decidido probar suerte en los Portland Trail Blazers, pero la falta de minutos allí acabó por desesperarle y a los pocos meses puso fin a la aventura, circunstancia que supo aprovechar el Barça. El equipo catalán había ganado las dos últimas ligas con una tripleta de bases complementarios (Montero, Díez y Galilea) pero Galilea ya se había marchado por problemas con Aíto García Reneses y, ante la oportunidad de fichar a Djordjevic, a Montero también se le enseñó la puerta de salida con la temporada empezada. Se hacía hueco así para que el serbio asumiese el mando del equipo desde el primer día con un suplente de lujo como Rafa Jofresa, fichado aprovechando el declive del Joventut en las dos campañas anteriores.

Quedaba así una plantilla magnífica, con dos estrellas eurpeas como Djordjevic y Karnisovas, unos aleros en plenitud como Xavi Fernández y Esteller y un juego interior completo en el que Ramón Rivas y Quique Andreu aportaban dureza y Andrés Jiménez su experiencia, en una segunda juventud después de superar varias lesiones. Aíto, aun en sus años más polémicos, siempre se caracterizó por dar oportunidades a los jóvenes, y la ausencia de Mustaf en la Euroliga propició la entrada progresiva de Roberto Dueñas, que se convertiría en decisivo al final de la temporada. Un equipazo, aunque no era el único favorito al trono europeo.

En la nueva Euroliga había un nivel muy elevado y se jugaba un buen número de partidos: una primera fase con cuatro grupos de seis equipos en la que pasaban todos y los grupos se repartían en función del puesto de la primera fase, para disputarse después una eliminatoria de octavos y otra de cuartos, ambas a tres partidos, acabando con una Final Four. Un sistema de competición que permitía recuperarse de un mal inicio, como fue el caso del Barcelona, cuarto en su grupo de la primera fase, cuya conclusión coincidió con la llegada de Djordjevic. Aunque algunos resultados de la primera fase contaban para la segunda, consiguió enderezar el rumbo y acabar tercero en su grupo, lo que le llevó a jugar en octavos contra el Alba Berlín. Superados los alemanes por 2-0, en cuartos esperaba el Teamsystem, nombre comercial de la Fortitudo de Bolonia. Con Conrad McRae, Eric Murdock y Carlton Myers como estrellas, los italianos empezaron la eliminatoria con victoria, pero el Barça superó el factor campo para clasificarse de nuevo para la Final Four.

Fueron varios los equipos considerados favoritos que no llegaron a la Final Four. De hecho, en los cuartos de final cayeron los cuatro equipos que partían con ventaja de campo, destacando la derrota del campeón Panathinaikos que, con Marcelo Nicola, Ferran Martínez y el campeón NBA John Salley, había sido el mejor equipo en las dos primeras fases. A su máximo rival, el Olympiakos, le había ido mucho peor pero consiguió vencer sin ventaja de campo tanto la eliminatoria de octavos (contra el Partizan) como la de cuartos, contra sus vecinos del Panathinaikos. Otros equipos con los que nadie contaba y que lograron meterse entre los cuatro mejores de Europa fueron el Asvel Villeurbanne y los eslovenos del Olimpija Ljubljana, que dejaron en la cuneta a los otros dominadores de las fases regulares, el Stefanel Milan y el Efes Pilsen turco. Después de superar un buen número de obstáculos, los de García Reneses estaban bien situados para reinar por fin en Europa.

Los franceses del Villeurbanne eran todo lo contrario del Barça. se basaban en un quinteto titular muy claro y hacían poco uso del banquillo, con el base Delaney Rudd y el alero Howard como referentes y con un joven Alain Digbeu como jugador francés más conocido. La semifinal no fue fácil pero el Barcelona la sacó adelante gracias a su mayor experiencia y profundidad de banquillo.

El inicio de la final permitió soñar a la afición barcelonista. El Olympiakos, que había eliminado al Olimpija en su semifinal, empezó el partido negado de cara al aro, con sólo dos puntos de tiros libres en los primeros siete minutos. Pero el Barcelona tampoco estuvo demasiado fino y no aprovechó ese desacierto griego para conseguir una ventaja amplia: 2-9 era el marcador antes de que los helenos consiguiesen su primera canasta en juego, un triple de Sigalas. Estábamos en la época en la que ningún equipo se atrevía a correr, y menos en una final, y la baja puntuación del encuentro favoreció a los de Ivkovic, que no tuvieron que remar demasiado para igualar el encuentro al descanso (31-29 para el Barcelona).

Los días posteriores a la final se habló mucho de la estrategia que había seguido Aíto García Reneses en el partido. En una época donde las rotaciones de los jugadores aún no solían hacerse como en la actualidad, se criticó mucho que el técnico hubiese cambiado a todo su quinteto titular pasados diez minutos de encuentro. El propio Djordjevic declaró a la prensa estar harto de que se le cambiase siempre en el mismo minuto fuese como fuese el partido. Lo cierto es que Aito, tan reconocido por todos en la actualidad, en aquella época tuvo muchos roces con jugadores, prensa y aficionados barcelonistas, que no entendían métodos y procedimientos que entonces no eran habituales. El caso es que, con los titulares azulgranas en el banquillo, el Olympiakos se metió en el partido y llegó al descanso bien colocado para luchar por el título.

En la segunda mitad, el Barcelona apenas presentó argumentos para merecer el trofeo de campeón. Con un Djordjevic desquiciado que anotó 2 tiros de 11 intentos y con Karnisovas y Jiménez como únicos jugadores productivos, el base del Olympiakos David Rivers se hizo el dueño del partido. Como si fuese la reencarnación de aquel Larry Wright que, en las filas del Banco di Roma, había dado al traste con las ilusiones de los culés 13 años antes, Rivers dominó el partido a su antojo, anotando 26 puntos de los 73 de su equipo. El americano era bastante conocido por haber tenido que jugar muchos minutos con los Lakers en la final de la NBA de 1989 debido a la lesión de Magic Johnson, y en Europa era un jugador diferencial. Ni Djordjevic ni Jofresa pudieron hacer nada para frenarle, pero tampoco los intentos de defensa en zona planteados por García Reneses.

Así se le escapó al Barcelona otra ocasión de proclamarse campeón de Europa. En décadas distintas, con jugadores distintos, pero a quienes llevaban esa camiseta pareció pesarles durante años la acumulación de decepciones hasta el punto de bloquearse cada vez que alcanzaba una final. Aquella derrota, como hemos dicho, levantó ampollas en el seno barcelonista y enrareció el ambiente del Palau Blaugrana en contra de su entrenador, que después de ganar la Liga ACB aquella temporada acabó cediendo su puesto para la siguiente a Manel Comas, aunque el añorado sheriff apenas duraría unos meses en el banquillo azulgrana.

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