Eurotostón

El juego lento dominó el Eurobasket 97

Era una plaga. En el baloncesto europeo de mediados de la década de 1990 parecía obligatorio jugar lento si querías ganar un título. El resultado de la final del Eurobasket 1997 lo dice todo: 61-49. Desde que Maljkovic descubrió la fórmula con el Limoges en 1993, el juego se ralentizó en todo el continente, en especial cuando se acercaban las últimas fases de cada competición. Ni siquiera la garantía de tener un equipazo como el de Yugoslavia daba alas a los entrenadores para hacer un juego un poco más arriesgado. En aquel Eurobasket celebrado entre Barcelona, Badalona y Girona, aquella tónica se unió a una mala organización, o al menos con unos precios bastante elevados de las entradas, y el resultado fueron unas gradas desangeladas y muy poco espectáculo.

La selección española volvía a participar en una gran competición después de no haberse clasificado para los Juegos de Atlanta, y lo hacía con el aliciente de jugar en casa. Pero por diversos motivos el factor cancha en un Palau Sant Jordi que no se llenó no fue decisivo para dar a España el empujón necesario para alcanzar las semifinales, quedándose en un aprobado raspado en forma de quinto puesto. Lolo Sáinz aprovechó el año en blanco para hacer una lista sin ningún jugador de la vieja guardia (si bien Andrés Jiménez era el único de los gloriosos años ochenta que quedaba disponible). Herreros era la gran referencia ofensiva, acompañado de un buen número de buenos jugadores, aunque ninguno de ellos acostumbrado a llevar la voz cantante en ataque en sus equipos (salvo en el caso de Paraíso, que apenas jugó). Jugadores de confianza de Sáinz desde su etapa en Badalona (Rafa y Tomás Jofresa, Mike Smith y Ferran Martínez), una garantía en defensa como Orenga, la brega incansable de Alfonso Reyes desde sus dos metros pelados, el buen hacer de Alberto Angulo, Esteller y Nacho Rodríguez… Con todo ello no se consiguió hacer un equipo que jugase un baloncesto sólido, ni siquiera con la referencia interior de quien acababa de reventar la final de Liga, Roberto Dueñas.

Lolo se apuntó a la moda del juego lento, sin acabar de confiar en el grupo de jugadores que tenía. Algunas victorias poco lucidas contra equipos menores y unas cuantas derrotas dignas, aunque con marcadores paupérrimos, contra favoritos como Italia o Yugoslavia pusieron a la selección en su sitio: en cuartos de final, con la oportunidad de aprovechar la ventaja de jugar en casa para vencer a una selección por aquel entonces superior. No se puede decir que Rusia hiciera un gran partido, pero tampoco lo hizo España, y la pobre anotación de ambos permitió que se llegara a un final igualado. España tuvo el tiro para ganar pero la mejor posición de tiro que pudo encontrar fue la de Mike Smith, que con los años se convertiría en un triplista más o menos fiable, pero entonces no era la mejor opción para jugarse un triple. Derrotados en cuartos, los españoles se rehicieron para conseguir un quinto puesto que les dio el pase al Mundial siguiente. Era el puesto que realmente mereció España, que no estaba a la altura de los cuatro primeros, si bien esa clasificación para el Mundial fue la primera piedra del renacimiento de la selección, pues fue en aquel campeonato disputado en Grecia donde se empezó a salir de la mediocridad con otro espíritu y un juego más esperanzador.

Superados los cuartos de final, quedaron los cuatro equipos que habían demostrado ser claramente mejores que los demás, aunque no lo hicieran ni mucho menos con un festival de puntos: el 75-60 con el que Yugoslavia superó a Lituania fue el marcador más elevado de las cuatro eliminatorias de cuartos. Grecia, que se había acostumbrado a ocupar uno de los cuatro mejores puestos en los campeonatos de Europa, fue el rival de los plavi en semifinales, protagonizando ambos un partido algo más vistoso que los del resto del campeonato. Con Yannakis como entrenador y con Christodoulu como superviviente del mítico oro del 87, Grecia contaba con una buena generación de jóvenes que mantuvieron a su selección entre los mejores de Europa durante la década de los 90, donde destacaban Alvertis, Ekonomou, Sigalas y Rentzias. Los griegos consiguieron poner en aprietos a los yugoslavos pero finalmente estos impusieron su calidad.

En la otra semifinal se enfrentaban Italia y Rusia: los rusos, con la base del equipo que había conseguido la plata en el Eurobasket de 1993 y en el Mundial de 1994 y que había tenido un bajón en 1995 que le había dejado fuera de los Juegos (Karassev, Babkov, Mijailov, Koudelin, Kissurine, con la incorporación de los hermanos Pashutin); por su parte, los transalpinos habían tenido una trayectoria parecida a la de España después de sus gloriosos años 80, pero peor: no estuvieron en los Juegos de 1988, 1992 ni 1996 ni en el Mundial de 1994 y, como España, tuvieron el oasis del Eurobasket de 1991, donde consiguieron la plata. Al campeonato de 1997 presentaron un muy buen equipo, con Myers, Fucka, Abbio, Coldebella, Pittis o Marconato como nombres más destacados. Ettore Messina compaginaba el puesto de seleccionador con el de técnico de la Virtus de Bolonia, y en ambos casos siguió la misma estrategia para hacer triunfar a sus equipos: restricción total de los contraataques y basket control. En la semifinal contra Rusia ninguno de los dos equipos alcanzó los 70 puntos, decidiéndose el resultado final por una canasta de diferencia.

En la final, los italianos insistieron en ralentizar el juego con el fin de tener alguna opción contra Yugoslavia. Los vigentes campeones, aun con las bajas de Divac y Paspalj, tenían jugadores para dar y regalar y aprovecharon para dar más minutos a algunos jóvenes que venían pidiendo paso como Rebraca o Tomasevic. La voz cantante la seguía llevando Djordjevic junto con Bodiroga y Danilovic, con la valiosa aportación de Zoran Savic, uno de los veteranos del trienio 198991. En el banquillo, si en Italia estaba Messina los yugoslavos tenían a Obradovic, que tampoco se asustaba por echar el freno pese a tener enormes jugadores a sus órdenes (basta con ver los marcadores con los que había ganado la Liga Europea con el Joventut y el Real Madrid). Total, que la final fue otro clinic de cómo jugar aburriendo al personal: 28-23 al descanso y el objetivo de Messina cumplido: que los balcánicos no se fueran en el marcador.

En la segunda mitad no hubo muchos más puntos pero los italianos no pudieron llevar a cabo con éxito el plan de su entrenador. Al final, si se trata de jugar controlado, pocos jugadores mejores que Djordjevic y Bodiroga. Rebraca aprovechó la oportunidad en ausencia de Divac para imponerse a los pívots italianos y el oro se lo quedó el mejor equipo, aunque no hiciese el baloncesto del que era capaz y que habría hecho las delicias de los aficionados de Barcelona. El juego rácano aún nos acompañaría unas temporadas más, para empezar en la Euroliga que sí lograría Messina con su Virtus en la temporada siguiente, precisamente en el Palau Sant Jordi.

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