Eurotostón (II)

La Virtus ganó la Euroliga 1998 con 58 puntos en la final

La Virtus de Bolonia es un clásico del baloncesto europeo, aunque actualmente milita en la segunda división italiana, y en los años 90 del siglo pasado gozó de unas plantillas de lujo que le convirtieron durante años en uno de los favoritos para conseguir el título de campeón de Europa. Jugadores italianos de primer nivel como Coldebella, Binelli y Abbio y buenos complementos como Carera, Frosini o Morandotti se unían a fichajes extranjeros de la talla de Bill Wennington, Cliff Levingston, Orlando Wooldridge, Arijan Komazec, Jure Zdovc, Antoine Rigaudeau, Zoran Savic o Predrag Danilovic para dominar la Lega italiana entre 1992 y 1995 y convertirse en uno de los grandes favoritos de la Euroliga al comienzo de cada temporada. Con denominaciones comerciales como Knorr, Buckler o Kinder y las equipaciones más bonitas de todo el continente (ya sé, esto no es un factor importante para ganar pero es que me encantaban), la Virtus era uno de los equipos que más expectación generaba en la máxima competición europea, pero año tras año se estrellaba sin llegar siquiera a la Final Four. Su suerte cambiaría en la temporada 1997-98, si bien para la mayoría de los aficionados el recuerdo de aquel éxito no es el más glamouroso posible, debido a lo rácano del marcador de la final.

Si al inicio de aquella Euroliga había un favorito por encima de los demás, ése era el F.C. Barcelona: campeón de las dos últimas Ligas ACB (ya instalada como la mejor de Europa) y finalista de la máxima competición europea también en las dos últimas ediciones, los catalanes partían con la ventaja de que la Final Four se disputaría en el Palau Sant Jordi. Si el Panathinaikos y el Olympiakos habían frustrado el sueño de los culés en las finales de París y Roma, en casa el triunfo no podía escapárseles. Para ello habían sumado al equipazo que tenían a los cotizados Marcelo Nicola y Efthimios Rentzias, y habían sustituido en el banquillo a Aito García Reneses (para parte de la afición culé, el «gafe» o el responsable de las derrotas en las finales europeas) por Manel Comas. Aquel año que se prometía como el de la conquista de Europa no fue nada bien para los azulgranas, y dos meses después del inicio de la temporada Comas ya había sido sustituido por su ayudante, Joan Montes. Una de las pocas notas positivas de la temporada fue el fichaje de Rodrigo de la Fuente en el mes de enero procedente de la Universidad de Washington, que se convertiría en el mejor debutante de la Liga. El otro refuerzo de mitad de temporada, Amal McCaskill (al que más tarde conoceríamos bien los alicantinos), no produciría el mismo efecto.

La cuestión es que el Barcelona se clasificó para los octavos de final de la Euroliga no sin dificultades y cayó en el partido de desempate de la eliminatoria contra el CSKA de Moscú. Las ilusiones con las que habían empezado la temporada se habían venido abajo mucho antes de lo esperado, y no les fue mejor a los otros equipos españoles: el Real Madrid, que tampoco tuvo una temporada para echar cohetes (caería en semifinales de la ACB contra el TDK Manresa), ni siquiera alcanzó los octavos de final, mientras que el Estudiantes caía por 2-0 precisamente contra la Virtus en esa misma fase.

En el resto de eliminatorias de octavos destacó la derrota del campeón Olympiakos pese a disponer de ventaja de campo contra el Partizan. Después de cinco años con al menos un equipo griego en la Final Four, esta vez también habría uno, pero uno inesperado: el AEK de Atenas, que había quedado primero en su grupo de la segunda fase para derrotar después al Split y al Alba Berlín, ganándose con brillantez su billete a Barcelona. Aquel año destacaron los equipos italianos, con tres en cuartos de final: los dos de Bolonia (la Virtus-Kinder y la Fortitudo-Teamsystem, enfrentados en esa fase con victoria de los primeros) y la Benetton, que eliminó al Efes Pilsen para unirse a los de Messina en la cita del Sant Jordi. El Partizan sería el cuarto en discordia tras deshacerse del CSKA después de la hazaña de eliminar al Olympiakos.

Aunque el Partizan y el Benetton ya tenían experiencia en la última cita de la temporada, sus presencias de 1992 y 1993 quedaban algo lejos: ni Djordjevic, ni Danilovic ni Kukoc vestían ya sus camisetas y sus plantillas poco tenían que ver con las de entonces. Ambos fueron los que cayeron en semifinales, dejando su sitio en la final a dos novatos en esas lides, si bien la Kinder era el claro favorito con una plantilla de lujo: aprovechando bien la ley Bosman, Messina tenía a sus órdenes al argentino Schonochini, al francés Rigaudeau, al esloveno Nesterovic y a los serbios Danilovic y Savic para acompañar al elenco de buenos jugadores italianos que formaban Abbio, Binelli, Frosini o Morandotti. Un equipazo que no tenía necesidad de jugar a cincuenta puntos para ganar pero la urgencia después de varios años de tropiezos quizá le llevó a amarrar su juego corriendo los menores riesgos posibles.

Enfrente, el AEK no tenía ni mucho menos a un mal equipo, empezando por un histórico de la propia Virtus como Claudio Coldebella, al que acompañaba el español José Lasa en las labores de dirección. También estaba otro clásico del baloncesto griego con muchos años en el PAOK, Bane Prelevic, y un par de jóvenes que después tendrían buenas carreras como Tsakalidis y, sobre todo, Kakiouzis, además de dos americanos con minutos NBA a sus espaldas como Willy Anderson y Victor Alexander.

Ya fuese por los nervios, por el juego lento deliberado o por la buena defensa de la Kinder, los griegos llegaron al descanso con solamente veinte puntos anotados, una cantidad ridícula para alguien que pretende ganar la Euroliga (si bien los marcadores de las últimas finales no estaban demasiado alejados de esas cifras). Los italianos anotaron solamente ocho más, aunque a tan pocos puntos era una renta suficiente para estar tranquilos. Curiosamente, apenas unos meses antes Messina había dirigido en el mismo escenario a la selección italiana en la final del Eurobasket, en la que los azzurri anotaron tan solo 49 puntos, por 61 de Yugoslavia. El basket tostón dominaba Europa.

El marcador de la primera mitad no debió de ser casual, porque el de la segunda se le pareció mucho: 30-24 también para los italianos. Tanto talento en cancha para ver tan poco. La Kinder siguió con su plan de partido y, con Rigaudeau como máximo anotador, con 14 puntos, no dejó que los griegos se acercaran. En el AEK, el que más puntos anotó fue José Lasa, con… siete. Así se llegó al final del partido, con la euforia de los aficionados italianos, que por fin tenían el título al que llevaban aspirando toda la década. No pareció importarles el catenaccio que necesitó su equipo (que recordemos, contaba con algunos de los mejores jugadores del continente, y de los mejor pagados) para alzarse con aquella Euroliga. La pregunta era si algún equipo estaba dispuesto a rescatar a los aficionados, que veíamos en un bostezo continuo cómo cada año el campeón anotaba menos puntos que el anterior. ¿Cuántos años más iba a durar aquella sequía?

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