Un final made in Hollywood

Sexto anillo y final soñado para Michael Jordan

El jugador más grande, sus últimas jugadas, ganando un título y resultando decisivo para el triunfo, el sexto en ocho años (y porque estuvo casi dos temporadas retirado, que si no…). Es difícil imaginar un final mejor para la carrera de un jugador, ni aunque la hubiera ideado el mejor guionista.

La temporada 1997-98 se presentaba, como no podía ser de otra manera, con los Bulls como máximos favoritos a conquistar de nuevo el anillo que habían conseguido en las dos temporadas anteriores, si bien en la última los Jazz de Utah se habían quedado con una espina clavada por haber sido el equipo que más dificultades había planteado a los de Chicago en una final: en la final del 97, tres de las cuatro victorias de los de Illinois habían sido por cinco puntos o menos, y habían necesitado dos tiros decisivos de Michael Jordan y de Steve Kerr para hacerse con el título. Los Jazz y su animoso público tenían sed de venganza, y con esa idea se emplearon durante toda la temporada siguiente. Tanto que empataron a victorias con los Bulls al final de la temporada regular, con un registro de 62-20.

Los máximos rivales de aquel año en la Conferencia Oeste para el equipo de Jerry Sloan fueron los Sonics, finalistas del 96, y los reconstruidos Lakers que, en el segundo año de la pareja Bryant-O’Neal, iban creciendo poco a poco camino de la dinastía que protagonizarían a principios del siglo XXI. Ambas franquicias se quedaron a sólo una victoria de los Jazz en la regular, pero los playoffs fueron otra historia. Lakers y Sonics se vieron las caras en semifinales de conferencia, con victoria de los californianos por 4-1, pero los Jazz estaban lanzados hacia su segunda final consecutiva: después de pasar ciertos apuros en primera ronda con los Rockets, se deshicieron de los Spurs por 4-1 y barrieron a los Lakers por 4-0, ganando tiempo para preparar la final, ya que la batalla que libraban los Bulls y los Pacers en el Este se iba a alargar hasta el séptimo partido.

Los Indiana Pacers habían ido creciendo a lo largo de toda la década hasta convertirse en un clásico de la Conferencia Este, trayectoria que culminarían en la 1999-2000 con su clasificación para la final de la NBA. Sus duelos en playoffs contra los Knicks, con especial protagonismo de Reggie Miller, pasaron a la historia como uno de esos duelos clásicos de las eliminatorias por el título. En la temporada que nos ocupa, los Pacers ya tenían la base del equipo que jugaría la final del 2000, con Mark Jackson, Reggie Miller, Jalen Rose, Sam Perkins, Rick Smits, Chris Mullin, Antonio Davis y Dale Davis. Los fichajes de Rose, Jackson y Mullin les dieron el salto de calidad necesario para aspirar a todo y lo demostraron consiguiendo 58 victorias en la regular. Después de eliminar a Cleveland en primera ronda, una vez más se enfrentaron a los Knicks, aunque esta vez los Pacers fueron superiores (4-1), dejando no obstante algún momento más para la historia de la rivalidad entre ambos (vídeo de NBA CLASSIC ESPAÑOL).

Los Pacers estaban preparados para plantar cara a los pentacampeones y llevaron a los de Phil Jackson al límite, obligándoles a disputar siete intensos partidos. Antes, los Bulls no habían tenido problemas contra los Nets ni contra los Hornets, pero la serie contra Indiana fue de las más difíciles que tuvieron que superar en cualquiera de sus cinco títulos. Este fue uno de los momentos más recordados de la eliminatoria (en el canal de NBA CLASSIC ESPAÑOL podéis ver varios partidos completos, al igual que los de la final):

Con el antecedente del año anterior y con los Jazz más descansados que los Bulls y sedientos de venganza, había muchas expectativas puestas en la repetición del enfrentamiento del 97, y no se vieron defraudadas. Si antes hablábamos de la igualdad de los encuentros del año anterior, en esta ocasión cinco de los seis partidos se decidieron por cinco puntos de diferencia o menos, con la única excepción de la paliza que recibieron los Jazz en su propia casa en el tercer partido. Sin embargo, aunque los choques fueron igualados e intensos, el desarrollo de la serie fue distinto, con los Bulls adelantándose por 3-1 en los cuatro primeros asaltos.

Los Bulls tenían tres oportunidades para levantar su sexto trofeo Larry O’Brien pero los Jazz, por su carácter y por la igualdad de tres de los cuatro choques disputados, no iban a bajar los brazos. En cancha contraria, con el champán preparado en el vestuario de los Bulls, los de Sloan demostraron el tipo de equipo que eran y se llevaron el quinto encuentro de la serie por dos puntos (con 39 puntos de Malone, imponiéndose a los 30 de Kukoc los 28 de Jordan). Aunque Chicago seguía teniendo dos ocasiones para sentenciar, las dos victorias de Utah en los enfrentamientos directos de la regular les daban la ventaja de jugar los dos últimos partidos en su casa. El ambiente que creó el público de Salt Lake City no iba a poner las cosas nada fáciles a los «jordanaires».

El sexto partido se iba a convertir en histórico por muchos motivos. Pese a ir perdiendo por 3-2, los Jazz tenían una ocasión única de forzar un séptimo encuentro de una final en su casa. Ninguno de los dos equipos fue capaz de adquirir una ventaja importante, pero los Jazz, con Malone y Hornacek como hombres más destacados, encaraban el último cuarto con cinco puntos de ventaja. Poca cosa contra uno de los mejores equipos de la historia, pero tenían el séptimo partido en su cancha a tiro de piedra.

Los últimos minutos los habréis visto infinidad de veces, al menos el último. Pero si no lo recordáis o no lo vivisteis en su momento, es un momento digno de ser revivido por cualquier aficionado al baloncesto. Tanto por parte de Utah, con Stockton y Malone demostrando que merecen un lugar de privilegio en la historia, como las dos últimas jugadas de Michael Jordan (una en defensa y dos en ataque, en especial la que decidió el campeonato) son un compendio de lo grande que puede ser este deporte.

Después de semejante final, si no lo tenía decidido ya de antemano, Jordan debió de pensar que no había mejor manera de dejarlo. Había demostrado al mundo que era el mejor, que durante la década de los 90 nadie fue capaz de arrebatarle un anillo y que, a base de tesón y con la ayuda de un equipo construido por Phil Jackson (con jugadores muy buenos sí, pero también sacando partido de algunos bastante normalitos), había pasado de ser el anotador espectacular de sus inicios a dominar el juego en todas sus facetas. Sí, es verdad que luego volvió, que no se resistió a la tentación de saltar a la cancha con los Wizards con 38 años de edad, pero al mejor de la historia (para la mayoría) podemos concederle aquel capricho y considerar que su carrera tuvo el final de película que tuvimos la suerte de ver en aquel sexto partido en Utah con aquella narración de Montes y Daimiel.

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