Verano de 1999

Plata europea y oro en el Mundial junior para España

Después de sufrir una decepción tras otra durante toda la década de 1990, el baloncesto español por fin se llevó dos alegrías en el verano de 1999, en lo que fue el punto de inflexión en su historia, antes de entrar a un siglo XXI plagado de éxitos, no sólo para la selección senior masculina sino también para la femenina y las categorías inferiores.

El primero de los dos logros llegó en el Eurobasket de 1999 para la selección de Lolo Sainz, que había dado muestras de recuperación en el Mundial del año anterior con la consecución de un buen quinto puesto y muy buenas sensaciones de equipo. La entrada de jugadores jóvenes como De la Fuente, De Miguel, Jiménez o Dueñas había dado otro aire al equipo junto con otros que habían llevado el peso del equipo en los años más mediocres de la selección, como Herreros, Reyes, Angulo o Nacho Rodríguez. La base del equipo del campeonato disputado en Grecia se mantenía, con incorporaciones como Iván Corrales o Nacho Romero, que veían premiada su progresión reciente con su única aparición en la selección en grandes campeonatos. Completaban el equipo dos pilares en sus clubes que tuvieron presencias esporádicas con la selección, como Nacho Rodilla y Roger Esteller.

Pero el buen tono del Mundial no se repitió al comienzo del campeonato de Europa, a diferencia de otros de la década en la que un bien inicio acababa con un batacazo en el cruce de cuartos o incluso antes. En esta ocasión, España perdió con Eslovenia en un mal partido y sacó a trompicones dos victorias de los tres primeros partidos de la primera fase, contra una débil Hungría y contra Rusia (con Nacho Rodilla estelar en los últimos minutos), que resultarían decisivas a la postre para pasar a cuartos de final en una segunda ronda en la que cayó claramente con Francia y Yugoslavia y sólo sumó un triunfo más contra Israel. La sensación de no competir contra los galos ni contra los plavi sumió a la afición española de nuevo en el pesimismo, pensando que otra vez tocaba volverse a casa sin oler de cerca las medallas.

Y así parecía una vez acabado el partido contra Israel, porque la única posibilidad que tenían los de Lolo para pasar a cuartos era una victoria de la anfitriona Francia contra Eslovenia. Los franceses no se jugaban nada y con el partido ya avanzado iban perdiendo por más de quince puntos. En el hotel español ya preparaban las maletas cuando, no se sabe cómo ni por qué, llegó el milagro. Sin nada en juego, los bleues remontaron y acabaron imponiéndose, lo que increíblemente dio el pase a cuartos a los españoles.

Allí esperaba Lituania, primera del otro grupo y que presentaba un equipo temible: con la base nacional del Zalgiris que acababa de proclamarse campeón de Europa (Stombergas, los Zukauskas, Masiulis, Maskoliunas, Adomaitis…) y con el regreso de un Sabonis fresco después de la temporada del lockout de la NBA y bajo el mando de un Jasikevicius que empezaba a darse a conocer en Europa, más los puntos del conocido Arturas Krnisovas, los lituanos parecían imbatibles para una España que se había clasificado de chiripa. Sobre todo, un Sabonis que estaba demostrando en Portland lo que todos suponíamos: que tenía sitio como titular indiscutible en casi cualquier equipo de la NBA.

Pero España había sobrevivido a una situación crítica y salió a por todas. La clave, la defensa de Iñaki De Miguel sobre Sabonis, que quedó para siempre entre los grandes momentos de la historia de la selección. El pívot lituano no se encontró cómodo en ningún momento y se cargó de faltas desde el principio, lo que le fue llevando al banquillo cada cierto tiempo para protegerlo. Einikis y Zukauskas eran buenos pívots, pero sin Sabas en cancha la amenaza era mucho menor, y España completó su gran defensa con un ataque fluido buscando a un Herreros en estado de gracia, máximo anotador del torneo al igual que un año antes. Es una lástima que la cinta VHS donde tenía el partido no se conservara demasiado bien, porque es uno de los encuentros que recuerdo haber vivido con mayor emoción.

Superado el escollo lituano, España parecía otro equipo y se veía con esperanza la primera semifinal europea que disputaba desde 1991 (donde, en realidad, no hubo cuartos de final). El rival, Francia, que se había impuesto con claridad en el duelo de la segunda fase y que nos había hecho el favor de ganar a Eslovenia para meternos en cuartos. Pero Herreros volvió a hacer un gran partido arropado por todo el equipo y la selección no tuvo piedad del equipo que le había salvado la vida unos días antes. Francia tenía un buen equipo, con Rigaudeau, Foirest, Sonko, Digbeu, Risacher o Bilba, pero no tuvo la misma hambre que los españoles, que acumulaban muchos años sin acercarse a una final y no dejaron pasar la oportunidad.

En la otra semifinal, la buena Italia de aquellos años, finalista en el Eurobasket de 1997, dio la sorpresa eliminando a la favorita, una selección de Yugoslavia que ese año perdió la química que, con grandes equipos, le había dado dos oros europeos, uno mundial y una plata olímpica desde su regreso tras la sanción por la Guerra de los Balcanes. Pese a contar con Divac, Bodiroga, Danilovic y Stojakovic, quizá notaron la ausencia de Djordjevic, su gran líder en los años anteriores, y la Italia de Fucka y Myers les cerró el paso a la final. Los yugoslavos se conformaron con el bronce, pero tardaron años en volver a un podio, ya con Serbia como único país restante de la antigua Yugoslavia.

Fuera por el cansancio de los dos días anteriores o fuera porque una plata era ya todo un éxito, España salió a la final con poca energía y poco acierto. La buena defensa de Andrea Meneghin y de Alessandro Abbio sobre Herreros hizo el resto, y los italianos llegaron a tener una renta de alrededor de veinte puntos. España reaccionó en los últimos diez minutos de la mano de Iván Corrales, pero aunque se acercó a seis puntos no fue suficiente e Italia subió merecidamente a lo más alto del podio. Las caras de los jugadores españoles en el segundo cajón no reflejaban decepción por la derrota sino la satisfacción de conseguir una medalla después de tantos años de desdichas.

El otro gran acontecimiento del verano fue la consagración de la que venía siendo una de la generaciones más brillantes de la historia del baloncesto español en categorías inferiores y que en los años siguientes formaría la base de la selección absoluta en una racha de éxitos que aún perdura y que solamente puede compararse con las naciones más grandes de nuestro querido deporte como Estados Unidos, la URSS y Yugoslavia. La generación nacida en 1980, que ya se había proclamado campeona de Europa en el Europeo junior del año anterior, disputado en Varna y afrontaban el Mundial de Lisboa confiados en hacer algo grande. Algunos de los jugadores ya nos sonaban porque habían debutado en la ACB, principalmente Raül López y Navarro, otros se habían asomado tímidamente como Pau Gasol, y de alguno como Felipe Reyes habíamos leído sus impresionantes cifras de rebotes en los campeonatos juniors de clubes. Otros accederían de lleno a los primeros equipos de sus clubes en la temporada siguiente, llenos de confianza tras el logro de Lisboa . Ignoro si TVE había ofrecido algún partido del campeonato pero recuerdo llegar de un viaje y enterarme de que iban a ofrecer la semifinal contra Argentina, que tuvo un emocionante desenlace.

Después de ver el talento de los junios españoles, de los que ya conocía y de otros como Carlos Cabezas, Berni Rodríguez, Germán Gabriel, Souleyman Drame o Antonio Bueno, el enfrentamiento contra Estados Unidos parecía un plan entretenido para una tarde de vacaciones de verano, pero por aquel entonces cualquier enfrentamiento con los americanos se consideraba misión imposible, sobre todo por una cuestión de superioridad física.

A medida que iba avanzando la final, creo que todos los aficionados que la vimos por televisión nos fuimos metiendo en el partido y disfrutando con las diabluras que eran capaces de hacer los españoles, sobre todo Navarro y López, pero pudimos comprobar que aquel 1980 había nacido mucho talento para el baloncesto en España. Al final, en un final más o menos apretado, decidió un triple de Cabezas pero fue un partidazo de todo el equipo, que ha quedado para la historia del baloncesto español como el punto de inflexión que cambió la trayectoria de nuestro deporte.

Aunque aquella plata conseguida por los de Lolo Sainz en Francia no pudo refrendarse con una buena actuación en los Juegos de Sydney, la cita olímpica sí sirvió para ir haciendo hueco a los juniors de oro en la selección absoluta, y de hecho la actuación de Navarro y de Raül López en Australia fue de las pocas notas positivas de aquel torneo. A muchos nos queda la duda de lo que podría haber pasado si en la lista olímpica hubiera entrado un tercer componente de la generación del 80 llamado Pau Gasol, que en su primera temporada con minutos en el Barcelona había dejado destellos de lo que era capaz de hacer. Pero bien está lo que bien acaba y finalmente el de Sant Boi entraría en la selección en el Eurobasket de 2001, para empezar a escribir con una medalla de bronce su impresionante leyenda con la camiseta de España.

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