El rey de Europa

Cuarta Euroliga para Obradovic con cuatro equipos

Casi nos hemos acostumbrado a ver a Zeljko Obradovic levantando el trofeo de la máxima competición europea, pero de vez en cuando conviene repasar lo que ha conseguido el técnico serbio desde que en 1991 diera el salto directamente de la pista a los banquillos, sin más preparación que lo que observaba de sus entrenadores cuando vestía pantalón corto.

Dichos logros se resumen en el momento de escribir estas líneas de la siguiente manera: una Euroliga (denominada Liga Europea entre 1991 y 1996) con el Partizan, una con el Joventut y una con el Real Madrid entre la temporada 1991-92 y la 1994-95 (es decir, tres con tres equipos distintos en sus cuatro primeros años como entrenador, sin participar en la de 1993 por la sanción a los equipos serbios por la Guerra de los Balcanes); después, cinco títulos con el Panathinaikos en trece años, y uno más, el conseguido la temporada pasada, en su cuarta campaña con el Fenerbahce turco. Un total de nueve títulos de campeón de Europa, además de dos de la Eurocup, uno con el Real Madrir y otro con el Benetton Treviso, amén de una presencia en la Final Four con los italianos y otras seis entre los madrileños, los griegos y los turcos. Si hablamos de campeonatos nacionales de Liga, en su palmarés solamente queda el hueco de la Liga ACB y la Lega, que no pudo conseguir ni en Madrid ni en Treviso, pero cuenta con una Liga serbia, once griegas y tres turcas. Eso por no hablar de sus logros al frente de la selección serbia. Una máquina de ganar indiscutible.

Hoy nos toca repasar su cuarto triunfo en la Euroliga, en su primer año en el Panathinaikos, al que llegó después de dos años en el Benetton, donde consiguió la Eurocup (Copa Saporta entonces) y al año siguiente llegó a la Final Four del Sant Jordi y perdió en la final de la Lega contra el potente Kinder Bolonia. En su primer año en Atenas, el club griego puso a su disposición un auténtico equipazo, prácticamente con lo mejor de cada país europeo amparándose en la reciente Ley Bosman y en algunas nacionalizaciones: por parte griega contaba con jugadores de la talla de Alvertis y Fotsis, mientras que el resto de la plantilla era un conglomerado de pasaportes de distintas naciones: el hispano-estadounidense Johnny Rogers, el irlandés-estadounidense Pat Burke, los serbios Bodiroga y Rebraca, el israelí Kattash (un prometedor base que llegó a jugar en los Knicks pero que no llegó al nivel esperado debido a las lesiones), el italiano Ferdinando Gentile y el alemán Koch conformaban una rotación de lujo con la que Obradovic siempre gozaba de un quinteto potente en cancha. Luego había que hacerlos funcionar y ganar, pero esa es la especialidad del técnico de Cacak.

Aquella temporada en la Euroliga, con el cisma entre clubes a punto de estallar, el equipo de Obradovic era uno de los grandes favoritos y así lo confirmó con tan solo tres derrotas en dieciséis partidos entre la primera y la segunda fase. Los otros dominadores de la competición en cada uno de los grupos fueron el Maccabi, que resurgía después de varios años sin estar entre los mejores de Europa, el Efes Pilsen, representante de un baloncesto turco que empezaba a crecer en aquellos años, y el Barcelona de Aíto García Reneses, que presentaba una plantilla muy completa capaz de presentar dos quintetos de gran calidad. Olimpija Ljibljana, Fortitudo Bologna, Olympiakos, CSKA Moscú o Villeurbanne ocupaban el segundo nivel junto con el Real Madrid de Scariolo, eliminado en octavos en una temporada en la que fue de menos a más y acabaría ganando la Liga ACB con un equipo a priori inferior al del Barcelona. El otro equipo español participante fue el Caja San Fernando de Aza Petrovic, merced a su gran temporada anterior en la que había alcanzado la final de  la Liga pero que, como el TDK Manresa un año antes, se quedó a las puertas de los octavos de final de la máxima competición europea.

Los favoritos confirmaron su condición de tales en los octavos de final, con la eliminación del CSKA ante la Cibona como única derrota de los equipos con ventaja de campo. En cuartos se mantuvo esa tónica, aunque tres de las cuatro eliminatorias llegaron a tercer partido. Sólo el Panathinaikos selló su clasificación para la Final Four de Salónica por la vía rápida, demostrando que con el equipazo que tenía iba lanzado a por el título.

Ya en Salónica, el Barcelona tenía muchas esperanzas de poder al menos disputar la final, después de una temporada muy sólida en la Euroliga, con cuatro derrotas entre la primera y la segunda fase y unos buenos playoffs contra Ulker y Olimpija, aunque en ambos casos necesitando un partido de desempate. En la enésima clasificación de los azulgranas y de Aíto, el entorno exigía una vez más el título o, por lo menos, llegar a la final contra el todopoderoso Panathinaikos. Pero, como otras veces, el Barça jugó el peor partido posible en la gran cita del año. Nadie contaba con un Maccabi que llevaba años sin asomarse a la Final Four pero que estaba construyendo un equipo campeón para los próximos años (entre otros, con un Nate Huffmann que había hecho una grandísima temporada en Fuenlabrada), y los catalanes no fueron capaces de anotar más de 51 puntos, cayendo con estrépito contra los israelíes.

Por su parte, en la otra semifinal el Panathinaikos se deshizo del Efes Pilsen, que con el serbio Drobnjak y el croata Mulaomerovic acompañando a estrellas turcas como Turkoglu o Kutluay entre otros, plantó cara a los griegos pero sin verdaderas opciones de ganar al final. Los de Obradovic eran favoritos en la final contra el Maccabi, pero iban a tener que luchar la victoria.

Con un gran Huffman, bien secundado por Arriel McDonald, los de Pini Gehrson llegaron al descanso con empate en el marcador. Aunque el Zalgiris había demostrado el año anterior que se podía ganar sin reducir la anotación y el ritmo a niveles mínimos, el ejemplo de los lituanos tampoco cuajó al 100%, y griegos e israelíes hicieron un partido de ritmo medio, sin grandes alardes en cuanto a puntos, con 36-36 en el marcador al descanso.

Uno de los obstáculos que debía que superar el Maccabi fue el buen partido de su compatriota Kattash, además de la nómina de grandísimos jugadores del Panathinaikos que hemos repasado al principio, entre los cuales destacó en la final Zeljko Rebraca. En el último tramo del partido se impuso la mayor rotación de los griegos, que contaban con muchas armas a las que recurrir en los momentos decisivos: cuando no era Gentile era Bodiroga, o un tiro de media distancia de Rogers o de Alvertis… un equipazo dirigido por el entrenador más legendario que a día de hoy hay en Europa, que por entonces ya contaba con cuatro títulos de campeón continental pero al que aún le quedaban otros cinco por lograr… ¿O serán más cuando acabe su carrera? Es muy probable que sí.

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