Una para alicantinos

Antes de empezar, debo hacer un aviso y excusarme por dos razones: la primera, por dedicar una entrada a un tema más “local” de los que acostumbro, pero el motivo es que este blog es un repaso a mi memoria sentimental baloncestística y los años gloriosos del Lucentum Alicante en ACB forman parte muy viva de ella; la segunda es que tengo que reconocer que a día de hoy no soy el aficionado más fiel al máximo representante del baloncesto de mi ciudad, que actualmente milita en LEB Plata en su nueva versión (Fundación Lucentum) y al que, pese a que en estos momentos está inmerso en un playoff de ascenso, me cuesta seguir desde que sus graves problemas económicos provocados por la crisis y por una pésima gestión le llevaron a la desparición después de un descenso de varias categorías de un plumazo.

Fuera como fuese, la verdad es que entre 2000 y 2013 Alicante vivió sus mejores años de baloncesto en cuanto a la élite se refiere, con muchas temporadas en ACB y cuatro gloriosos ascensos desde la LEB, el último de ellos no consumado y con una grandísima plantilla para la segunda categoría nacional (cuando ya se sabía que era imposible volver a la ACB por la situación del club y por los requisitos de la liga para pertenecer a ella).

Una muestra de que Alicante necesita grandes objetivos para engancharse al baloncesto se había visto el mismo año de fundación del C.B. Lucentum, la temporada 1994-95, en la que unos locos del baloncesto encabezados por Paco Pastor decidieron dar un paso adelante partiendo de uno de los clubes más importantes de la ciudad, el Miguel Hernández (conocido como “el Teka” en aquellos años) con el fin de intentar que Alicante, que nunca había tenido baloncesto de élite, pudiera acercarse a ella en los años siguientes. Entonces la segunda categoría nacional era la EBA, de reciente creación, y el Lucentum se convirtió en uno de los mejores equipos de la categoría en su primer año de existencia, apoyado en un quinteto que jugaba gran parte de los minutos y que funcionó a la perfección en torno al canadiense Martin Keane, acompañado por Ángel de Pablos, Javi Moltó, Dani Lago y José María Ibarra, dirigidos por Luis Casimiro. A medida que pasaba la temporada, los aficionados alicantinos, que no teníamos costumbre de seguir a un equipo en vivo, fuimos llenando poco a poco el pabellón municipal, el actual Pitiu Rochel, hasta abarrotarlo en los últimos partidos. Un polémico partido contra el anfitrión de la fase de ascenso de Gijón, perdido por dos puntos, impidió que el Ernesto Electrodomésticos, que así se llamaba el equipo alicantino, pudiese estar en la ACB, lo que habría sido una sorpresa mayúscula.

Después de aquella magnífica temporada, el Lucentum siguió militando en la segunda categoría, que un par de años después sería la nueva LEB, pero la ilusión del “año del Ernesto” se fue apagando poco a poco pese a que por el equipo pasaron algunos buenos jugadores (recuerdo a Ferran López, a Eduardo Piñero o un talentoso base de la cantera del Joventut llamado David Berbois). Pero así es Alicante, aunque el Lucentum solía ocupar la parte alta de la tabla, la falta real de opciones de ascenso fue vaciando el pabellón, que ya era el nuevo Centro de Tecnificación. Después de tres campañas sin demasiado tirón entre la gente, las cosas empezaron a cambiar en la 1998-99, cuando Andreu Casadevall sustituyó a Ernesto Delgado en el banquillo. El técnico catalán llegó con dos fichajes de la mano, que en ambos casos acabarían siendo clásicos de las LEB y con algunas inmersiones en la ACB: el base Tony Smith y el pívot Jorge García. La rapidez y el gusto por los triples al contraataque del primero y la buena mano en tiros lejanos del segundo facilitaron un final de temporada en la que los lucentinos desplegaron un atractivo juego de “run n’ gun” que fue el preludio de la buena campaña que esperaba en la temporada siguiente.

Sin Smith, pero con Casadevall y García, la plantilla sufrió una reconstrucción casi total para la 1999-2000, con una clara apuesta por jugadores procedentes de canteras ilustres: así, llegaron Guillermo Rejón, formado en el Estudiantes, Francis Sánchez y David Gil (en el Unicaja), o José Manuel Calderón (del Baskonia), que llegó con la vitola de campeón de Europa sub-18 con la generación del 80, los Navarro, López, Calderón, Reyes, Cabezas, Gabriel, Rodríguez… habiendo nacido el extremeño un año después que todos ellos. Los mencionados formaron junto con Jorge García (formado en el Real Madrid), el gallego José María Moreno y los alicantinos Juan Miguel Navalón y Rafa Martínez un grupo con una media de edad muy baja, lleno de talento y de ilusión, al que complementaban dos estadounidenses más experimentados: Reggie Fox, campeón de Copa con el Pamesa en el rol de tercer extranjero, y Steve Horton, un pívot atlético con la intimidación como mejor arma. El grupo funcionó muy bien desde el principio y fue ilusionando a la ciudad poco a poco.

Después de acabar la temporada regular en primera posición, el equipo de Casadevall superó en el playoff de cuartos de final al Cajasur de Córdoba por 3-0, cruzándose en la semifinal que daba derecho al ascenso en caso de victoria con el Caprabo Lleida, otro equipo con talentos jóvenes en el que destacaban dos que se convertirían en estandartes de la Liga ACB unos años después: Roger Grimau y Albert Oliver, además de Lucas Victoriano, cedido por el Real Madrid, ilustres como Carlos Ruf y un americano interior muy solvente como Joe Bunn. La eliminatoria por el ascenso fue muy competida, con victorias alternas de los dos equipos en los cuatro primeros partidos y con un final polémico en el tercero de ellos y victoria de los alicantinos en el cuarto en Lleida, que puso el 2-2 en el marcador y dejó el ascenso por decidir en un quinto encuentro en Alicante (vídeo de Jordi Pla).

El partido decisivo fue una locura por varios motivos: nunca se había visto el Centro de Tecnificación repleto como ese día, con gente sentada en las escaleras y muy por encima del teórico aforo del pabellón. Sólo por el número de personas presentes y la igualdad reinante en los partidos anteriores, el ambiente era muy bullicioso y de fiesta, pero el desarrollo del partido multiplicó la excitación: el Lleida comenzó dominando el partido alcanzando ventajas superiores a 10 puntos, pero una espectacular racha de triples de David Gil, que anotó un total de seis, permitió al Lucentum dar la vuelta al marcador y ponerse varios puntos arriba para acabar ganando el partido con cierta holgura. (Por motivos técnicos no he podido subir el final del partido, pero podéis ver un resumen en este vídeo de lucentumblogging).

Aquel ascenso dio paso a unos años en los que el Lucentum fue haciéndose un sitio entre los aficionados al deporte en Alicante, con momentos de ambiente espectacular coincidiendo con los mayores éxitos del equipo, como varias clasificaciones para el playoff o los nueve partidos que llevaron a la salvación milagrosa del año 2004. Sin embargo, siempre daba la sensación de que se podía enganchar a más gente, no sólo en la ciudad sino también en la provincia, y que el equipo tenía que luchar por algo importante (fuese un ascenso, una salvación o unos playoffs) para que el pabellón se llenase. En la primera temporada, con una directiva voluntariosa pero inexperta a alto nivel, se pagó la novatada y los resultados no fueron los mejores. Se mantuvo al bloque de jóvenes nacionales como segunda unidad (haciéndose Calderón con el rol de base titular indiscutible dejando pocos minutos a David Gil), pero los fichajes extranjeros llamados a llevar el peso del equipo no funcionaron: ni el argentino Osella, con cartel de jugador importante en su país, ni el estadounidense McCaskill, más aficionado a la noche alicantina que a entrenar, ni el irlandés de pasaporte Brian Clifford, buen jugador de complemento en Gran Canaria, estaban capacitados para ser referencia en un equipo ACB (bueno, McCaskill seguramente sí, pero no estaba por la labor), misión que recayó casi en exclusiva en Reggie Fox, que cumplió como pudo con semejante responsabilidad.

Pese a algunos partidos muy malos, el Lucentum, bajo la denominación de Proaguas Costablanca para aquella temporada del debut ACB, llegó al final con opciones de permanencia. Durante la temporada, McCaskill fue sustituido primero por Marlon Maxey, que llegó con vitola NBA pero con las rodillas hechas polvo y a su vez fue reemplazado por Terquin Mott, un portento de la naturaleza sin una cabeza demasiado amueblada pero que se convirtió en la referencia en los últimos partidos y dio un rendimiento aceptable para soñar con la salvación. También llegó Dusan Jelic, otro que no era muy aficionado a entrenar pero con la calidad suficiente para mejorar el rendimiento de Osella. Finalmente, José Luis Oliete sustituyó a Casadevall en el banquillo e instauró una rotación de siete hombres para intentar mantener la categoría: Calderón, Fox, Clifford (que empezó a demostrar que valía como jugador complementario, aportando en facetas distintas de la anotación), Jelic y Mott como titulares, a los que solamente daban descanso Jorge García en posiciones interiores y, en las exteriores, el canterano Juan Miguel Navalón, al que Oliete utilizó para subir la intensidad defensiva del equipo. Las esperanzas de salvación se mantuvieron después de ganar en Alicante (partido enlazado más arriba) a un Caja San Fernando que pasaba unos años de “ni fu ni fa” pese a contar con buenas plantillas, después de haber llegado a la final liguera en 1996 y en 1999. A falta de tres jornadas, el Lucentum visitaba al Real Madrid, al que sorprendentemente pudo forzar una prórroga en un gran partido de los alicantinos que, pese a no ganar, dejaron un hilo de esperanza entre sus aficionados.

En el penúltimo encuentro visitaba Alicante otro equipo en situación parecida a la de los sevillanos, el histórico Joventut que, sin posibilidades de descender ni de clasificarse para el playoff, no opuso demasiada resistencia para que los de Oliete llegaran a la última jornada dependiendo de una victoria para quedarse en la Liga ACB.

El destino quiso que los alicantinos se jugasen la permanencia en casa de un rival en su misma situación, casualmente en aquella pista donde se frustró el ascenso de 1995, la de Gijón. Casualidades de la vida, el verdugo del Lucentum en aquella última jornada sería alguien que años después daría muchas alegrías en Alicante: Lou Roe, que con 26 puntos y bien acompañado por Javi Rodríguez, Óscar Yebra y Pancho Jasen acabó con las ilusiones de los de Oliete en un partido dominado con claridad por el equipo asturiano.

El descenso supuso una decepción pero era algo que se veía venir por cómo se había desarrollado la temporada. Pero lo más importante fue que se puso la semilla para generar interés por el baloncesto en los aficionados al deporte en Alicante, algunos rebotados del fútbol, deporte en el que el Hércules no daba muchos motivos para la ilusión. La aparición de esa nueva masa social propició que se apostase fuerte por volver pronto a la máxima categoría, objetivo que se consiguió en sólo un año, con un proyecto basado en el desembarco argentino en la ciudad, con nombres como Pablo Prigioni, Víctor Baldo y Julio Lamas en el banquillo. Aquel segundo ascenso en tres años sería el preludio de una nueva etapa del Lucentum en la ACB que duraría cinco años y que llevaría al club y a la ciudad a vivir momentos apasionantes de baloncesto. Habría mucho que hablar sobre por qué el proyecto acabó naufragando, pero vamos a dejarlo ahí de momento.

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