El primero, con asterisco

Primer anillo de los Spurs en año de lockout

La temporada 1998-99 de la NBA pasó a la historia por varias cosas: fundamentalmente, por el primer campeonato de los cinco que llevan hasta la fecha los San Antonio Spurs, todos bajo el mando de Greg Popovich, y también porque solamente se disputaron 50 partidos en temporada regular debido al bloqueo de las negociaciones del convenio de jugadores con la Liga. Años después, Phil Jackson quiso quitar importancia a este título de los Spurs ironizando sobre el hecho de que quedaría en los libros de historia “con un asterisco”, pero lo cierto es que fue el inicio de una trayectoria de Popovic con la franquicia de San Antonio que aún dura y que ha dado como fruto cinco anillos de campeón.

Los Spurs habían sido uno de los grandes aspirantes al anillo a lo largo de toda la década, desde el desembarco en San Antonio de David Robinson, acompañado de muy buenas plantillas repletas de grandes jugadores (Sean Elliot, Dale Ellis, Terry Cummings, Dennis Rodman, Doc Rivers, Vinnie del Negro… son algunos de los que me vienen a la mente). En una conferencia oeste donde la competencia fue enorme durante todos los años 90, equipos como los Lakers, Portland, Phoenix, Houston, Seattle o Utah les cortaron el pase a la final por distintas circunstancias, muchas veces incluso con peor registro en temporada regular que los tejanos. Hasta que llegó la temporada 96-97, en gran parte de la cual David Robinson estuvo ausente por lesión. Los de El Alamo acabaron aquella temporada con un record de 20-62, lo cual le dio acceso al número uno del draft de 1997, donde escogieron a Tim Duncan. Popovich, hasta entonces general manager de la franquicia, se puso al frente del equipo mediada aquella temporada.

Después de una temporada rookie de Tim Duncan en la que pasaron de 20 a 56 victorias y cayeron eliminados por Utah Jazz en semifinales de conferencia, llegó la temporada del lockout, que no empezó hasta enero, donde consiguieron el mejor record de la regular empatados con los Jazz. Otros equipos que quedaron bien situados de cara a los playoffs fueron los Blazers, los Rockets y los Lakers en el oeste, y los Heat, los Magic y los Pacers en el este. Había que mirar muy abajo en la clasificación para encontrar a otro equipo que iba a hacer historia en los playoffs: los New York Knicks. Los de Nueva York iban a convertirse en el primer equipo en alcanzar la final partiendo del octavo puesto en la fase regular, dando la sorpresa en cada eliminatoria que iban superando, empezando por eliminar a los Miami Heat, que habían quedado primeros de la conferencia.

En la segunda ronda, los neoyorquinos se deshicieron sin paliativos por 4-0 de los Atlanta Hawks, también con desventaja de campo. El sorprendente rendimiento de los de Jeff Van Gundy dotó de un especial interés a la final de conferencia, donde les esperaban unos Pacers que habían ido creciendo a lo largo de la década y que estaban ante su gran oportunidad de clasificarse por fin para una final. Los Miller, Rose, Mullin, Jackson, Perkins, Smits y compañía tenían enfrente a unos viejos conocidos: los duelos entre Knicks y Pacers nos habían brindado algunos de los momentos más emocionantes de la década, en particular en el Madison Square Garden y con Reggie Miller como especial protagonista. La serie fue tan intensa como se prometía, con un tercer encuentro, cómo no, en el histórico estadio neoyorquino, que se sumó a la lista de clásicos entre los dos equipos.

Aquel tercer partido resultó decisivo para que los Knicks dieran una sorpresa más y se metieran en la final de la NBA, como ya he dicho partiendo del octavo puesto en la regular. Herederos de la garra de sus antecesores, el equipo de Pat Riley que jugó la final de 1994 con jugadores tan duros como John Starks o Anthony Mason, los de 1999 tenían la dificultad añadida de haber perdido por lesión a Pat Ewing, pero contaban con Larry Johnson y Marcus Camby en posiciones interiores, la energía de Latrell Sprewell y la calidad de Allan Houston como principales armas. Su punto más débil, dos bases ordenados pero sin gran talento, como Charlie Ward y Chris Childs, dignos representantes del club de “Ni fu ni fa”. Pero con todo, era un equipo con alma, que al menos a mí me despertaba bastantes simpatías, sobre todo por la presencia de Sprewell, al que me encantaba ver jugar.

En el oeste, esta vez los Spurs no se vieron sorprendidos como en temporadas anteriores y fueron superando eliminatorias sin demasiadas dificultades. Sufriendo una sola derrota, contra los Timberwolves en primera ronda, los de Popovich llegaron a la final por la vía rápida, barriendo a los Lakers (ya con el dúo Shaquille O’Neal – Kobe Bryant) y a los Blazers, otro equipo que contaba con una amplísima plantilla pero en los últimos 90 y principios de los 2000 no fue capaz de alcanzar todo lo que se esperaba de él.

La final no fue la más vistosa de la historia. Ambos entrenadores eran casi obsesos de la defensa y, en el caso de Popovich, por aquel entonces gustaba de amarrar los partidos jugando a media cancha y aprovechando la ventaja que le concedía contar con dos interiores de la categoría de Duncan y Robinson. El base Avery Johnson comandaba las operaciones sin salirse demasiado del guion que le marcaba el técnico, con Sean Elliott como exterior más destacado. Los demás, buenos jugadores pero sobre todo currantes, como Mario Elie, Malik Rose, Antonio Daniels o un veterano Jerome Kersey, se entregaban en defensa y estaban preparados para aprovechar desde el triple las ventajas que generaban sus dos torres. Con estas premisas, los Spurs se llevaron los dos primeros partidos disputados en su casa.

Por parte neoyorquina, Jeff Van Gundy tampoco era muy amigo del juego alegre, pero la ausencia de Ewing le dejaba en clara desventaja en el juego interior. Con un jugador móvil como Marcus Camby y con Larry Johnson o Kurt Thomas como power forwards abiertos, necesitaba de la energía de Sprewell y la clase de Allan Houston para contrarrestar el juego de los tejanos. A partir del tercer partido los Knicks cambiaron ligeramente el estilo de juego y, con el apoyo del Madison y con 34 puntos de Houston, consiguieron poner el 2-1 en la eliminatoria.

Lo mejor de la final, para mí, fue poder ver durante cinco partidos consecutivos a Sprewell, un jugador que transmitía algo especial. Uno de esos “malditos” que no comulgaban con la pizarra de sus entrenadores, un espíritu libre, un Rodman con calidad técnica. Quedaban unos cuantos años para que el sistema de Popovich permitiera jugar a los Spurs de esa forma tan vistosa y coral que practica hoy en día, así que el juego de los de San Antonio ofrecía pocos alicientes aparte de comprobar lo bueno que era el joven Duncan al poste bajo. Pero los momentos más atractivos para el espectador los ponían los Knicks, con esa capacidad de lucha heredada de la época de Riley y con los contraataques que culminaban Sprewell o Camby. En el cuarto partido obligaron a San Antonio a alcanzar los 96 puntos para poder colocar el 3-1 en la serie, con la oportunidad de proclamarse campeones en el quinto encuentro celebrado en el Madison.

En el quinto partido el nivel de anotación bajó a mínimos históricos, con las defensas imponiéndose y con los Spurs cargando el juego sobre Tim Duncan, que acabó el partido con 31 puntos. Los 36 de Sprewell, de los 77 de su equipo, no fueron suficientes en un choque que se decidió por una canasta en los últimos segundos de Avery Johnson. Los Knicks, sin el referente de Pat Ewing, habían logrado la hazaña de clasificarse para la final partiendo del octavo puesto del este en la regular y en la final siguieron demostrando ese coraje, pero la historia tenía reservado ese momento para que llegase el primer título de un jugador y un equipo que con los años acabarían entrando entre los mejores de siempre.

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